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TRIBUNA LIBRE: La Página de Jorge Urdiales: Conozcamos la literatura y el lenguaje de Miguel Delibes

Esta es una tribuna libre para todas aquellas, opiniones, reflexiones o aportaciones subjetivas que los internautas deseen dar a conocer. En ese sentido, son opiniones personales e intransferibles en las que Revista de Castilla y León no se hace responsable de ellas
Jorge Urdiales es un experto conocedor de la obra de Miguel Delibes y le cedemos este espacio con gran entusiasmo para que los internautas disfruten con sus artículos. Desde aquí le damos las gracias por confiar en Revista de Castilla y León. Estamos convencidos que los lectores agradecerán su esfuerzo.
Jorge Urdiales
www.jorgeurdiales.com

Nuestro colaborador ha publicado un artículo"89 años de Delibes, 20 de Cela" sobre la ilusión del Nobel a Delibes, en vida, publicado por el Norte de Castilla. Pueden leerlo pinchando sobre el título del artículo. Ya no será posible, el 12 de marzo de 2010, pasó al Olimpo de la Literatura Universal. Desde allí seguirá iluminando la construcción del castellano.


Miguel Delibes, carta por carta

 

“No viajo, no escribo, no cazo…”. Así comenzaba la primera carta que recibí del maestro allá por el año 2002. Ver en el buzón de mi casa el remite de don Miguel en una carta sellada en Valladolid fue una verdadera alegría. Leí y releí varias veces las palabras de la tarjeta que aparecían al abrir el sobre. Casi las aprendí de memoria.

Aquel 2002 andaba yo preparando mi tesis doctoral sobre el lenguaje popular-rural en la narrativa de Miguel Delibes. Hasta que llegó aquella carta a casa, el trabajo había sido duro y tenaz. Página a página, me había ido leyendo todas las obras del maestro, lápiz en mano, buscando todas y cada una de las palabras rurales que se encontraban en las descripciones del campo, de la ciudad y en boca de sus personajes. Al mismo tiempo anotaba las expresiones (refranes, sentencias, dichos, etc.) que se encuentran por cientos en sus libros.

Al concluir este primer trabajo, sumé. Tenía contabilizadas 1.130 expresiones y cerca de 2.000 palabras populares-rurales. Cribé las palabras en sucesivas ocasiones y me quedé con las 1.469 que consideré claramente rurales. Busqué una a una en el Diccionario de la Academia de la Lengua y comprobé que la mayoría aparecían con su significado preciso. Pero quedaban 329 fuera del diccionario académico. 329 palabras a las que había que darles solución. ¡Tenía que dar con el significado de esa terminología rural tan desconocida, al menos, para la gente de ciudad que lee a Delibes!

Fueron muchos los fines de semana que pasé con mi mujer por los pueblos de Castilla y León. Hicimos previamente un mapa de los pueblos más frecuentados por el maestro en sus jornadas de caza y pesca y centramos allí nuestras investigaciones. Quintanilla de Onésimo, Peñafiel, Villafuerte, Castrillo Tejeriego… Pueblo a pueblo, casi casa por casa, fuimos preguntando a los mayores del lugar por esas palabras que muchas veces nombraban objetos ya en desuso.

Volvimos, pasados unos meses, con 301 palabras bien definidas. Pero nos faltaban 28. No quedaba solucionado el discurso popular-rural de Miguel Delibes.

Decidí entonces escribir al maestro y preguntarle por esas últimas palabras. Despacio, a base de sorbos pequeños, de seis en seis, a lo sumo ocho, le fui mandando esas voces tan rurales. El maestro, siempre muy atento, me respondió una a una a todas mis dudas. ¡No hubo ni una sola palabra que el maestro hubiera olvidado! Fueron llegando a mi casa las sucesivas cartas con el significado de las 28 palabras que faltaban e incluso con alguna otra que le pregunté.

Al concluir mi Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes (2006) estaba ofreciendo a los lectores y admiradores del maestro, no sólo la solución a tanto vocablo rural extraño para muchos, sino el tesoro de contar con ¡46 palabras! Definidas por el propio autor.

En este mes de abril de 2010 el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua volverá a reeditar este diccionario de voces rurales en el que late lo que un día fue una parte muy importante de mi relación con Miguel Delibes.

Mis flores ante su tumba son tres: El Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes , el Diccionario de expresiones populares en la narrativa de Miguel Delibes y el manual de redacción Aprende a redactar con Miguel Delibes de Ediciones Cinca, que va a estar desde la semana de Pascua en las librerías.

Maestro: Tú elevaste el español muy alto. Ahora nos toca a los demás continuar tu labor de ensalzarlo si seguimos tu ejemplo.

 

Jorge Urdiales www.jorgeurdiales.com

Muere Miguel Delibes a los 89 años


Documento propiedad de rtve


 

A vueltas con Miguel Delibes
Miércoles, 9 de diciembe de
2009

La baribañuela

 

Tengo para mí que Delibes también es amante de los localismos, aunque en El último coto nos eche la pelota a los demás:

Desconozco la razón por la que en estos pagos de La Lora llaman baribañuela al alimoche, pero es un apelativo más suave, más poético, más musical, siquiera case mal con el aspecto carroñero del bicho. Pero ahí está el nombre: baribañuela para los amantes de localismos y dialectólogos . (El último coto, p. 193).

Decir “baribañuela” es lo mismo que decir “alimoche”. El primero, más local, no aparece en el diccionario de la RAE. El segundo sí.

En el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes , que publiqué en 2006, recogía las 329 voces rurales que emplea Delibes en su narrativa y que, salvo alguna excepción, no constan en el DRAE. Si sumamos también los términos rurales que sí trae el diccionario académico con su significado preciso, el número total de palabras se acerca a las 1.500. Pero, ateniéndonos a las 329 antes reseñadas, gran parte de ellas son localismos (que son las que hoy nos interesan). Los localismos son palabras que se emplean en una provincia, una comarca o simplemente unos cuantos pueblos. El localismo es palabra que generalmente enriquece el idioma. Le da vigor y precisión.

El localismo tiende a ser rural y popular. Tiende a ser propiedad del pueblo, entendiendo en este caso la palabra “pueblo” como el conjunto de hablantes que emplean esa palabra.

El que escribe este artículo tuvo que recorrerse muchos pueblos ya antes frecuentados por Delibes buscando el significado de los localismos que emplea el maestro en sus obras. Algunos de ellos ya solucionados antes de los primeros viajes como en el caso de la baribañuela. El maestro daba la solución en uno de sus libros. Para los demás no quedaba otro remedio que adentrarse en el páramo, en los acotados, atravesar los barcos y rebarcos de los valles de Castilla y entrar en las casas de los pueblos que se calientan desde la mañana con la gloria.

Palabra a palabra, localismo a localismo, desbrocé el lenguaje rural de la narrativa de Miguel Delibes con la ayuda de una legión de viejos castellanos que supieron dar con el significado preciso de cada uno. Gente sabia que seguía empleando la mayoría de las palabras consultadas. Pero no terminó ahí mi investigación. Todavía quedaban 46 voces en una especie de neblina propia del mes de enero cuando salen los galgueros a por liebres. Entonces acudí al maestro, a la fuente verdadera. Y Delibes no había olvidado ni una sola de ellas pese al transcurso del tiempo. Los años, en este caso, habían pasado en balde porque Delibes tenía la misma sabiduría rural que hace décadas. Ahí están, en mi web ( www.jorgeurdiales.com ), las cartas del maestro que justifican lo que digo.

No sé si la palabra “baribañuela” se emplea más que antes. Quizá menos. De lo que sí que estoy seguro es de que Delibes ha sabido adaptar los localismos propios de Castilla a sus libros. Si en verdad ha acertado a pintar Castilla es porque ha sabido dar sentido a sus localismos en sus novelas.

 

Jorge Urdiales www.jorgeurdiales.com


A vueltas con Miguel Delibes
Martes,
24 de octubre de 2009

El bardo

 

“Si a un conejo le ciegas el bardo, a morir; ya se sabe”. (Las ratas p. 82)

El bardo, en el diccionario de la RAE, viene referido a los conejos en la quinta acepción, después de bardo como poeta y bardo como sinónimo de barro y vallado de leña.

En el diccionario personal de Miguel Delibes aparecería en primer lugar. Dice el DRAE que el bardo es vivar de conejos, especialmente el que tiene varias bocas y está cubierto de maleza.

Lo explica mejor Miguel Delibes en la página 116 de El último coto (recordemos que Delibes es académico de la Lengua desde 1975, ocupando el sillón “e” minúscula):

Esto del bardo es fundamental para que el conejo se multiplique y se aquerencie a un determinado lugar. Armar un bardo era una vieja ciencia que ningún conejero de mi tiempo desconocía. Yo recuerdo los bardos del monte de Valdés, en La Mudarra , como auténticas obras de arte. Porque el bardo no es un simple vivar (un trozo de suelo minado, con bocas y galerías comunicadas) sino un vivar cubierto de leña –ramas secas de encina- de forma aproximadamente circular, con un diámetro de ocho o diez metros. La cobertura de leña, invita al gazapo a abrir nuevas huras, de forma que el bardo se transforma en poco tiempo en un aduar, un auténtico poblado, y, teniendo comida cerca, en un vivero de conejos inagotable. La mixomatosis acabó con los bardos y con la costumbre de hacerlos, puesto que el hacinamiento facilitaba la propagación de la enfermedad. Pero hoy, que la peste causa una menor morbilidad conviene volver a ensayar estas colmenas conejudas. Todo, naturalmente, a reserva de lo que diga la neumonía hemorrágica que ahora tiene la palabra.

Esta precisa definición nos la puede ofrecer Delibes después de haber cazado un domingo tras otro por los campos de España. Delibes, gran observador, está atento a los movimientos y costumbres de la Naturaleza. No sólo busca la pieza sin más, en este caso el conejo. A Delibes le interesa su circunstancia: cómo vive, cómo cazarlo…

Para Delibes, el campo es mucho más que una buena percha después de una jornada dominguera de caza.


A vueltas con Miguel Delibes
Martes, 15 de septiembre de 2009

Acorrillar

 

Miguel Delibes es un autor difícil para las nuevas generaciones. Y sin embargo, su estilo es sencillo. Su pluma discurre fluida a través de los folios. Por tanto, ¿dónde está la dificultad para un chico de catorce años que comienza a leer El camino ?

El famoso discurso popular-rural de Miguel Delibes se compone de cerca de 1.500 palabras y de 1.130 expresiones que aparecen diseminadas por toda su narrativa. Lo he comprobado página a página leyéndome sus obras. Algunos conocerán mis diccionarios sobre las palabras y expresiones populares de la narrativa delibesiana. Delibes recoge y muestra como nadie el modo de ser, de vivir y de hablar del mundo rural español, y preferentemente castellano, a través de su narrativa.

En Madrid capital, sería casi imposible encontrar a alguien de 14 años que entendiera este texto del Diario de un cazador:

 

El campo estaba hermoso y junto al puesto había una pradera cuajada de chiribitas y tréboles bravíos. A mano izquierda andaban acorrillando un majuelo. Ya en el tollo con la hembra a diez pasos dando el coreché se me olvidaron todas las cosas. Entró un macho y me lo cepillé.

Demasiada ruralidad en el texto. Pero, ¡ojo! Si diéramos a leer a un anciano de un pueblo cualquiera de Castilla y León las instrucciones de un juego de la PSP, estaría tan perdido como el chaval de la ciudad. La dificultad, en los actos de comunicación, no es sólo por ser de pueblo o de ciudad, también es generacional.

De entre las palabras del texto delibiano anterior, nos vamos a fijar en el verbo “acorrillar”. “Acorrillar” es arrimar tierra alrededor de la cepa para protegerla, que con acierto nos define el Diccionario del Castellano Tradicional.

He visto acorrillar en la p. 129 de Castilla habla… a tres kilómetros de Íscar, divisa el cronista a Eleuterio Cabrero, más conocido por el cariñoso apelativo de Tello Totorro, arqueado sobre el arado, azuzando un viejo macho, acorrillando un majuelo.

Cuando se acorrilla, se acerca la cepa para que conserve la humedad. Lo primero que haremos será limpiar el perímetro de la cepa de malas hierbas. Pasadas algunas semanas, arrimaremos la tierra.

Acorrillar se sigue acorrillando y se sigue haciendo en primavera.

Acorrillar es una de esas palabras que no debería perderse, pues tampoco se ha perdido la acción que nombra.

Es comprensible que se vayan perdiendo términos que nombran objetos que ya no existen, pero nuestro lenguaje tenderá a enriquecerse en la medida en que sigamos las palabras precisas en cada momento.

 

       Jorge Urdiales    www.jorgeurdiales.com

 

 


A vueltas con Miguel Delibes
Sábado, 13 de junio de 2009

 

      

Las aguarradillas

 

 

(...) no vendría mal otra aguarradilla abrileña que volviera a recordar a los peces que andamos en primavera, y que su obligación secular a media tarde, en este tiempo, es despegarse del cascajo del fondo y emerger de vez en cuando a la superficie a paladear mosquitos. ( Mis amigas las truchas p. 101)

¡Cuántas aguarradillas no habrán caído sobre los hombros y la cabeza de Miguel Delibes!

Las aguarradillas, como el cuco, son propias del mes de abril: “Abril, abriluco, el mes del cuco”; “aguarradillas de abril, uns ir y otras venir”.

Las aguarradillas habrán sorprendido al cazador Delibes a la vuelta de cualquier teso, junto a un ribazo, atravesando un majuelo… El cazador Delibes se habrá visto sorprendido por las aguarradillas en las laderas de Villafuerte, en los páramos de Quintanilla de Onésimo o en la vega de La Sinova.

Al pescador Delibes le habrá sucedido otro tanto. El texto que iniciaba este artículo está sacado del libro que lleva por título Mis amigas las truchas , único de los del maestro dedicado a la pesca.

También empapan las aguarradillas El último coto en la página 144 cuando leemos:

San Isidro se ha mostrado piadoso este año y ha enviado en mayo las aguarradillas de abril ,

Hasta en una obra más urbana como Diario de un jubilado :

Hoy cayeron cuatro gotas, las primeras aguarradillas.

Las aguarradillas son esa l luvia fina que cae y deja de caer de modo irregular. Estas aguas casi no llegan al suelo. Se emplea esta palabra preferentemente en el mes de abril ."Las aguarradillas de abril, unas ir y otras venir"."Las aguarradillas de abril caben en un barril". En la zona de Ojeda, en Palencia, se les llama “aguarrerillas”.

En el Diccionario del castellano tradicional se dan como sinónimos de las aguarradillas aguarrada, chaparrada, chaparrón, champlazo.

Nuevamente se pone de manifiesto la riqueza del lenguaje rural que emplea con maestría Miguel Delibes y así la lluvia de las capitales es una cosa y las aguarradillas, la niebla meona, el pedrisco o el relente de los pueblos, otra.

 

 

       Jorge Urdiales    www.jorgeurdiales.com

 

 

 

 


A vueltas con Miguel Delibes
Lunes, 30 de abril de 2009

 

Los arados

 

Delibes es un hombre de campo pero no es un labrador. Escucha a las gentes de los pueblos, les copia un giro, un latiguillo, una palabra…Pega la hebra con ellos.

Cuando leo que Delibes diferencia en sus libros el arado romano, del arado terciado y del arado viñero, me reitero en mi teoría de que el maestro es un grandísimo observador. Si diferencia estos tres tipos de arados es porque se ha pateado muchos pueblos.

Leemos en Viejas historias de Castilla la Vieja p. 28:

(...) y nadie podía imaginar cómo con una huebra y un arado romano corriente y moliente se consiguiera aquel prodigio .

Este apero de labranza que sirve para labrar la tierra e ir abriendo surcos en ella, es quizás el instrumento que mejor simboliza todo un modo de vida de los pueblos de España que hace ya unas décadas desapareció.

En Castilla habla, libro de 1986, escribe Delibes en la página 169:

No el arado viñero, que ése entra en cualquier parte, pero tampoco el grande, es decir, un arado terciado (...)

Estas dos palabras, arado y terciado, no se emplean nunca juntas por los pueblos que más ha frecuentado Delibes, al Este de Valladolid. El arado es siempre el mismo, ya sea en viñas o en terrenos de cereal. Terciar es labrar por tercera vez un terreno de barbecho. Suele hacerse en los meses de mayo-junio. Las dos primeras veces se denominan alzar (noviembre) y binar (febrero-marzo).

El arado viñero –que aparece también en el texto anterior- es el arado al que se le pone solamente un animal de tiro para que quepa por las viñas. El arado viñero es más pequeño que el de vertedera.

El arado de vertedera no aparece en las obras de Delibes con ese nombre. Delibes, que ha cazado y pescado en unas zonas más que en otras, recoge un léxico rural que suele ser común en amplias zonas de Castilla y León. Pero, indudablemente es un léxico más conocido en los pueblos de Valladolid más frecuentados por Delibes que en los pueblos del Bierzo (por poner un ejemplo) que tienen otras denominaciones para estas cosas. Así escuchó Delibes estas palabras con este sentido y así las ha dejado escritas en sus novelas.

Jorge Urdiales
www.jorgeurdiales.com

 


A vueltas con Miguel Delibes
Lunes, 16 de marzo de 2009

 

      

Amonarse

 

A las palabras se las puede llegar a coger cariño. La piedralipe , las pernalas , el verbo apiolar , las aguarradillas , el amonarse una liebre. Al igual que hay gente que le habla a sus geranios, yo siento predilección por algunas de las voces del discurso popular-rural de Miguel Delibes.

Me gusta el verbo apiolar por lo que significa, por ese correr de la perdiz y sus polllos a ras de tierra. Disfruto explicando en mis conferencias lo que es una pernala , porque la saco por unos minutos de un olvido casi absoluto. Las pernalas , desaparecidas en el campo español e innombradas en los salones y bodegas de algunas casas españolas que las conservan incrustadas en el trillo, vuelven a sentirse queridas cuando las cito y vuelven a soñar con aquellas largas jornadas de trilla y bieldo en las eras de los pueblos de España.

Me sucede otro tanto con el verbo amonarse , que es reflexivo. Disfruto con él, suena bien a mis oídos.

El diccionario académico nos dirá que es un verbo coloquial, sinónimo de embriagarse . A amonarse en Salamanca se le da la acepción de “matar” y “dejar como muerto” (SÁNCHEZ LEÓN, Cándido. Palabras y expresiones usadas en la provincia de Salamanca . Salamanca, 1995).

Amonarse para Miguel Delibes, para los cazadores y para las gentes del campo en general es echarse, arrugarse, agazaparse para no ser visto. Delibes lo emplea fundamentalmente para ciertos animales como la perdiz, la liebre o el conejo. Es frecuente encontrarse con este verbo en la narrativa delibiana. Liebres amonadas aparecen en Las ratas:

 

Junto al abuelo Román, el Nini aprendió a conocer las liebres; aprendió que la liebre levanta larga o se amona entre los terrones; que en los días de lluvia rehuye las cepas y los pimpollos;

También en Con la escopeta al hombro , libro de 1970:

La rabona busca su salvación levantando larga o amonándose. Diría igual del conejo encamado. El gazapete suele ser muy remiso y rara vez se arranca si uno no pisa el carrasco donde yace.

Se amona también la perdiz, uno de los animales más queridos por el maestro, en El libro de la caza menor:

Su mimetismo es tan prodigioso que nada la delata. Todo ese abigarrado plumaje que admiramos en casa, se esfuma en el campo. La perdiz se hace monte con suma facilidad. Y si la perdiz se amona , ya puede usted repartir patadas un día entero.

Sucede en Viejas historias de Castilla la Vieja , libro de 1964, o en Las perdices del domingo , de 1981. Miguel Delibes llega a emplear este verbo cuando se refiere a una persona:

Así que me amoné como un conejo hasta que las voces se alejaron,

(Las guerras de nuestros antepasados, p. 270).

Se dice de Delibes que es un cazador que escribe. Es cierto. Delibes sabe cazar y sabe redactar. Conoce el lenguaje cinegético y lo emplea con maestría, en todas sus posibilidades. Acabamos de leer cómo adapta el verbo amonar para las perdices, las liebres, los conejos y hasta para las personas.

 

      Jorge Urdiales    www.jorgeurdiales.com

 

 



 

 

A vueltas con Miguel Delibes 

                                El aguanieves

 

“Pesas menos que un aguanieves”, le oí a mi tía Chelo hace unos años refiriéndose a mí.

Y es que el aguanieves es un pájaro parecido a la urraca que pesa muy poco. El aguanieves es conocida también como avefría o quincineta. Incluso el Diccionario del Castellano Tradicional aporta otros sinónimos: alavandera, aguzanieves, andarríos, lindabuey, pechiblanca, arroyera… El idioma no deja de ser un mosaico en el que cada provincia, cada comarca, cada pueblo aporta sus pequeñas piezas idiomáticas que dan la solidez de conjunto de la Lengua.

El aguanieves ha sido vista, cazada y escrita por Miguel Delibes. Es uno de los pájaros que dan sentido al paisaje de Castilla y León. Así escribe el maestro:

 

De chico, hace treinta y muchos años, recuerdo haber tirado con frecuencia a los aguanieves desde un renqueante Chevrolet al que por su color llamábamos El Cafetín. En Castilla, a falta de las praderas húmedas de que tanto gusta, la avefría asentaba en las cunetas o en los perdidos pantanosos contiguos a los carrascales y, en los años de abundancia, no rehuía las labores encharcadas.

(...)

Nunca olvidaré la primera que abatí en un aguazal en los bajos de La Sinova, mi impaciencia por cobrarla y el susto que me llevé al ver colgando de su pico una lengua descomunal.

      Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 58.

 

También sobrevuelan las avefrías o aguanieves libros como Diario de un emigrante, Las perdices del domingo, Pegar la hebra o El último coto.

Delibes cazó su primer aguanieves o avefría en un aguazal en los bajos de la Sinova. Al ir a cobrarla se quedó sorprendido de la descomunal lengua que tienen estas aves.

No ha sido ni la primera ni la última vez que Delibes se ha acercado a cazar a la Sinova. Desde Valladolid ahora se tarda media hora. Cuando Delibes cobró su primera avefría no se necesitaba mucho más tiempo. La Sinova está a 4,6 km de Castrillo, según los mapas e informaciones de Internet. En los planos parece que esa cifra es exacta. De todas las maneras, quizá para los de Castrillo, la Sinova es el lugar de caza más próximo. Para llegar a la Sinova desde Valladolid se cogerá la carretera de Renedo o la de Soria hasta Villabáñez, y desde allí, atravesando Villavaquerín, se llegará a la vega de la Sinova.

 

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A vueltas con Miguel Delibes
martes, 27 de enero de 2009

 

Aborrascarse la mirada

 

 

Lo mismo que en el amplísimo horizonte castellano el contraste entre un día apacible y otro tormentoso es muy notable, el semblante y la mirada de una persona tranquila se altera más o menos ante una situación nueva de dolor o alegría. La borrasca, en el lenguaje popular es aún mayor y sobre todo dura más que la tormenta. Aborrascarse la mirada es por ello muy particularmente expresivo por su propio significado de experiencia vivida y expresada en el contacto con una naturaleza excesiva y cambiante.

Por otra parte esta expresión, aborrascarse la mirada, se relaciona directamente con otra, también muy popular: la mirada es el espejo del alma. Pues si el ánimo o el alma está serena la mirada será benigna y apacible, pero si el ánimo está muy alterado ¿qué tiene de extraño que se "aborrasque la mirada"?

Leo en la página 107 de Los santos inocentes:

(...) y, en la mesa, todos a reír indulgentemente,
paternalmente, menos René, a quien se le había
aborrascado la mirada, y no dijo esta boca es mía,

René, a la que se le ha aborrascado la mirada, no emite sonido alguno, no está para fiestas.

Si buscamos esta borrasca de René en el Diccionario de la RAE, se nos dirá que "aborrascarse" es un verbo pronominal que, dicho del tiempo, significa ponerse borrascoso.

Lo mismo le sucede al Diccionario de Uso del Español: "Ponerse tempestuoso el tiempo".

El Diccionario General de la Lengua Castellana amplía esta definición al referirse también a las personas: r. Ponerse el tiempo borrascoso. met. Alterarse, conmoverse con violencia. fam. Embriagarse.
Pero el Diccionario del Castellano Tradicional vuelve a reducir su definición a la cuestión meteorológica: v.pron. Ponerse borrascoso el tiempo.

Que se le aborrasque a alguien la mirada es algo, pues, cotidiano entre las gentes del campo y las que no lo son tanto, en niños y viejos o entre gentes sabias y otras menos instruidas.

Aplicar este fenómeno meteorológico, el de la borrasca, al gesto de una persona, es un nuevo acierto de Miguel Delibes en el devenir de su discurso popular-rural.

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A vueltas con Miguel Delibes
martes, 13 de enero de 2009


El aseladero

 

El Azarías (...) rascaba la gallinaza de los aseladeros y, al concluir, pues a regar los geranios y el sauce y a adecentar el tabuco (...)

(Los santos inocentes, p. 11).


Aseladero, aseladero… ¡Son más de 300 las palabras empleadas por Miguel Delibes en sus libros que no aparecen en el Diccionario de la Real Academia Española!

No es una queja lo que acabo de escribir. Es simplemente una realidad, que de hecho es así. Cuando los académicos elaboran, modifican, amplían o reducen el Diccionario, no es su propósito incluir en el mismo todas las palabras que empleamos los hablantes. Hay muchos y variados ejemplos de localismos, vulgarismos, tecnicismos, etc., que se quedan fuera del diccionario de diccionarios y que se recopilan en otros más especializados.

Para estos tres centenares de voces empleadas por Delibes en su narrativa, publiqué en 2006 el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes. En él, doy el significado de todas estas palabras populares-rurales, ya sea después de una exhaustiva investigación por los pueblos castellano-leoneses o a través de los significados que me aportó el propio Delibes de su puño y letra y que se pueden ver en mi web:
www.jorgeurdiales.com. Además, aporto el contexto, la página y el libro en el que se encuentra la palabra que es objeto de estudio.

Aseladero es la palabra que he elegido para escribir este primer artículo y que se puede encontrar leyendo Los santos inocentes.

Rasca el Azarías los aseladeros en la página 11 y también en la 19 y en la 44 del libro.

El Diccionario de la RAE nos dice que un aseladero es el sitio en el que se aselan las gallinas.

El Diccionario Ilustrado de la Lengua Española define "aselarse" como acomodarse las aves domésticas para dormir.

En mi Diccionario del castellano rural… afirmo que un aseladero es un palo que sirve de acostadero para las gallinas. Durante el día el aseladero quizá permanece pegado a la pared sujeto por unas cuerdecitas (son pocos los gallineros que tienen el aseladero en medio de la estancia, pero los hay. Incluso algunos fijos, de pared a pared). Al llegar la noche se baja para que se acuesten las gallinas. Se limpia con una azuela (especie de espátula) rascando los excrementos ya secos. A dichos excrementos se les llama "gallinaza" y son un excelente abono. Corre un dicho por la provincia de Valladolid: "Tienes más mierda que el palo de un gallinero".

Comienzo pues esta serie de artículos dedicados al lenguaje popular-rural de Miguel Delibes con una palabra muy conocida en los pueblos de Castilla y León: el aseladero. Casi podríamos decir que, antiguamente, no se conocía un gallinero sin aseladero. Delibes, el maestro, que escribe de oído y pega la hebra con las gentes del pueblo, da con el término preciso y llama aseladero a este palo tan cotidiano en otros tiempos en los gallineros de los pueblos de España.

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Conozcamos nuestros pueblos

Valladolid

  • Castrillo Tejeriego

Antiguamente fue conocido como Castriel Tejeriego. La iglesia es un edificio gótico del s.XVI, de cantería. La ermita es de piedra y tiene tres naves separadas por pilares.

En la parte Este de Castrillo Tejeriego se sabe que existen restos de un castro. En el año 1932 se localizó una necrópolis visigoda dentro de su término municipal. La villa se localiza a la margen izquierda del río Esgueva, conserva algunos restos de sus murallas y hasta es seguro que tuvo castillo, pues el teso que lo domina así lo hace creer.

Habitantes : 231
Superficie del término : 35,9 Km2.
Altitud : 801 m.
Distancia de la capital : 37 Km.
Comarca a la que pertenece : Páramos de Esgueva.

Festeja por Pentecostés a su patrona, La Magdalena. A veces capean vaquillas.

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