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POLÍTICA, ECONOMIA Y DESASTRE EN EL PLANETA

Rafael Carralero

Paradójicamente, en tiempos de los sorprendentes adelantos de la comunicación que permiten a los hombres establecer un diálogo en cuestión de segundos desde puntos opuestos del planeta, pareciera que vivimos también la era de la ceguera frente a la realidad que nos rodea.

Cuando uno oye ciertos discursos de los políticos y la desenfrenada comercialización que desbordan la mayoría de los medios de comunicación, pudiera pensar que vivimos el mejor de los mundos posibles.

Sin embargo, estamos en la era de los monopolios, de las grandes empresas y el dominio los centros financieros internacionales. El estrepitoso fracaso del socialismo real dejó un campo expedito para que una globalización presentada como "vientos de la modernidad" nos sitúe ante uno de los momentos más dramáticos de la historia humana.

Es cierto que el socialismo real no cumplió ni remotamente las expectativas de millones de personas en el planeta, que vieron nacer con la Revolución de Octubre un mundo de esperanzas. Desgraciadamente el rumbo de aquel episodio histórico fue conducido por un hombre que no demoró en apagar los sueños. José Stalin se encargó de cerrar los caminos democráticos del proceso iniciado por Lenin y convirtió el triunfo del proletariado en autoritarismo que se escudó en un socialismo de estado, a espaldas prácticamente de la filosofía que le dio origen. Tal circunstancia fue caldo de cultivo para que se fortalecieran con peculiar energía las acciones aparentemente democratizadoras, descentralizadas y "distantes" del totalitarismo. Puro camuflaje de otra forma de centralización; ahora en los grupos de poder.

Los proyectos de globalización no son nuevos ni bien intencionados. Aceptemos que hay aspectos de la globalización que son beneficiosos, que podrían ser la esencia de proyecto humano. De ser así, se acortarían las diferencias entre los hombres y las naciones; un africano común no viviría muy diferente a un alemán o un francés, pero la realidad es otra; esa realidad implica que la diferencia entre el alemán y el africano los haga parecer seres de planetas distantes. Aunque si juzgamos por lo que se avizora, el futuro de ese ciudadano común de Alemania tampoco ha de ser promisorio.
Ya en l954, sólo 9 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial se constituyó un grupo de poder mundial con ese propósito. El Club Bilderberd, proyectado por el Jesuita Joseph Rettinger y convocado por el príncipe Bernardo de Holanda, reunió a personalidades prominentes de todo el planeta: empresarios, políticos, gobernantes, religiosos, magnates de los medios, etc. Su objetivo fundamental, que continúan vigente y en desarrollo, era y es una globalización, que implica el dominio del mundo por grupos de poder, un tanto ocultos, con una estructura que se mantiene hasta cierto punto en la sombra, pero que resulta ser poder real, capaz de manipular, en buena medida, el destino de la humanidad.

El fracaso económico del socialismo real fue magnífica justificación para que la combinación globalización-neoliberalismo encontrara el momento propicia para convertirse en propuesta "salvadora". Descentralizar el poder del estado fue una de sus propuestas, más bien de su engañosa retórica, que presuponía también liberar a la sociedad del dominio de la burocracia. Se anunciaba, pues, un aparato estatal alejado de la práctica monopolista y, en consecuencia eficaz. Pero ¿cuál ha sido el resultado? Donde quiera que el neoliberalismo se impuso, cada vez ha sido mayor la pobreza económica del estado, y como resultado inmediato los recortes brutales a la seguridad social, los programas de desarrollo humano, especialmente la cultura que resulta siempre el punto vulnerable por la desestimación habitual que hacia ella tiene, casi siempre, la burocracia.

La descentralización del estado significó una carrera vertiginosa hacia la centralización empresarial. Engordaron los monopolios como nunca antes y la esperanzadora prosperidad económica se quedó en las bolsas de la elite privilegiada. En muchos casos, México es buen ejemplo, los empresarios ascendieron al plano político y poco a poco se fueron adueñando del poder, que ejercen sin misericordia mientras "truena" la clase media y los pobres son cada vez más pobres y olvidados.

Después de un cuarto de siglo imponiendo un modelo económico de corte neoliberal, en México las desigualdades y la carestía de la vida tiene a millones de personas viviendo en el "naufragio". El gobierno cada día gobierna menos y le cede, ahora con pocas alternativas, el poder a las empresas y, en particular, a los monopolios.

Como resultado, la sociedad se siente más insegura que nunca, inseguridad que tiene dos dimensiones a saber: de una parte la violencia y la impunidad, pues pareciera que vivimos en un mundo sin leyes ni autoridad; en otro sentido la inseguridad social que incluye la falta de empleo y de programas sociales que protejan a esa masa cada vez más numerosa de desposeídos. La segunda le es indiferente a la clase empresarial, pero la primera empieza a sacudirle el piso y se muestran irritados e inquietos. Ellos mismos contribuyeron de diferentes maneras a que se extendiera este mal, lo hicieron concentrando y llevándose el capital fuera del país, lo acentúan cuando no piensan en la sociedad y el progreso de la nación, sino en sus "feudos" económicos. Lo reafirman cuando evaden impuestos o entran en contubernios con los políticos y generan prácticas corruptas, etc. Ahora en la desesperación buscan seguridad personal y esto puede estar dando origen al surgimiento de organizaciones paramilitares en el país, como ocurre y ha ocurrido durante muchos años en otros puntos del continente.
En México, los jóvenes que hace 10 años se fueron a la calle arrastrados por la promesa de un cambio que implicaría empleo, educación y seguridad se han quedado con sus esperanzas a la deriva. Muchos de ellos, fatalmente, tomaron el camino de la delincuencia. Como resultado, grandes cantidades de dinero que debía ser invertido en escuelas y hospitales, se invierte en reclusorios, donde aquellos van a parar, para salir luego llenos de rencores y proyectos criminales, sedimentados dentro de esos centros penitenciarios. ¿A dónde vamos a parar por este camino? Se pregunta la sociedad.

No parece ser el camino correcto convertir al ejército en policías rastreadores de delincuentes. Ni son esas sus funciones, ni se resolverá el asunto si se tiene en cuenta que los "duros" de la delincuencia están de vacaciones en las playas o comen tranquilamente con sus familiares en los restaurantes de lujo mientras sus pistoleros enfrentan al cuerpo armado. Cosa que naturalmente no es exclusiva de México, otros países de la región exhiben la primacía en ese desventurado esquema para abatir la delincuencia.

En este contexto uno se pregunta ¿cuál será el camino y dónde estará el final? Es obvio que ni el mago Merlín estaría en condiciones de responder a tales cuestionamientos, pero lo que no cabe dudas es que sólo el bienestar de los pueblos puede contrarrestar este mal. Bienestar puede ser empleo suficiente y bien pagado, seguridad social, estrechamiento de las desigualdades, educación y cultura para los grandes olvidados de la tierra. Claro que no es difícil plantearse este esquema para el progreso, difícil es conseguirlo. Pero también es evidente que no es cuestión de la empresa alcanzar estos logros, aunque como hemos apuntado debían de contribuir a partir de un concepto más ético, civilista y patriótico. Es tarea del estado ocuparse del bienestar de la sociedad. No se trata de volver al modelo totalitario de los estados paternalista que han ido desapareciendo, ni que el estado supla el papel de la empresa, que evidentemente es fundamental para el desarrollo económico. Se trata de que el estado no le entregue sus funciones a la empresa ni que ésta actúe sin control ni medidas, sobre todo que sus acciones no estén encaminadas al dominio político, ni que disfruten, en consecuencia, de toda la impunidad imaginable. Cuando los empresarios llegan a manipulación de la política el fenómeno se vuelve tan nocivo como cuando los políticos asumen las funciones públicas como inversión para volverse empresarios. Esto puede resultarle muy familiar a millones de ciudadanos del planeta, especialmente familiar a los latinoamericanos, sin dudas a los mexicanos.

El principal fracaso del socialismo real fue su incapacidad de distribuir las riquezas entre quienes eran los verdaderos protagonistas del sistema, si es que nos atenemos a su fundamento filosófico. La equivocada centralización del estado, como dueño y protagonista único, lo alejó de quienes debieron ser no sólo protagonistas, sino objetivo a ultranza. En lugar de democratizar la sociedad y, desde luego la economía, convirtieron al sistema en una fea relación de dueño único (el estado) y hordas de asalariados (el pueblo). La centralización de la gestión económica en el estado-gobierno, se distanció proverbialmente de la esencia de lo que debió ser una sociedad socialista.

La filosofía del capitalismo pudiera entenderse como la del sistema empresarial dominante, para decirlo con toda simpleza, pero a falta de una tercera opción, que todavía no conocemos, este sistema debió tener un carácter más humano. Ocurrió que la euforia ante la debacle del sistema contrario (socialismo real), desencadenó una desenfrenada carrera de los centros financieros internacionales y, desde luego, de los grandes monopolios, que vieron en la caída de sus adversarios el campo expedito para adueñarse del mundo. Las propuestas globalizadoras que vimos con club Bilderberg vieron las puertas abiertas para realizar el sueño de una sociedad global de "ciervos modernos", controlados desde los centros financieros internacionales por una casta de líderes "predestinados" a ejercer las funciones de la corte divina en la Tierra.

Esos grandes centros de poder han concebido guerras criminales, como la de Irak, digamos para poner un ejemplo reciente; han descabezado la pequeña empresa y debilitado los estados, que no forzosamente quiere decir a los gobernantes.

Objetivamente hay que aceptar como primer resultado de la globalización una crisis económica y social globalizada que anuncia desastres inconmensurables.

No contaron con el desenfreno de la violencia y la desesperación, no el cansancio de las personas ni con el surgimiento de líderes populares auténticos. Contra este "mal" último, desataron campañas de descalificación, cuyo término preferido ha sido el de populismo. Tal término, que no concepto, se ha combinado, en muchos casos, con el de globalifóbico; intento desesperado por descalificar las acciones que se oponen a los proyectos macabros que tienen al mundo a punto del desastre en lugar de ofrecer la salvación global que han enarbolado como bandera.

Tampoco contaron con gobiernos sensibilizados con sus pueblos y cansados también del triunfalista modelo neoliberal y de la falacia que entraña la globalización impuesta, como está ocurriendo en Sudamérica.

Para colmo, la sociedad civil, en el caso de México, parece adormecida, traumada y desorientada. Cada vez ocurren más acciones vandálicas, los crímenes masivos aparecen en distintos puntos de la nación, el terrorismo o ¿narcoterrorismo? ha empezado a dar muestras de invulnerabilidad y desafía a las autoridades, al tiempo que castiga a los inocentes. Ante este panorama tenebroso hay que preguntarse ¿Seguiremos tapando el sol con un dedo?

A modo de Epílogo y con el propósito de sintetizar podrías tipificar la situación actual, en México y casi todo el mundo, de la siguiente manera:
1.- Debilitamiento del estado, del gobierno y en consecuencia de la gobernabilidad.
2.- Creciente inseguridad social, que incluye los dos aspectos referidos en el texto.
3.- Encarecimiento de la vida, con la concebida ampliación de las diferencias sociales; es decir, desigualdad, pobreza cabalgante y concentración de las riquezas. Dominio monopolista de la economía.
4.- En relación con los puntos anteriores se observa el creciente desempleo, la desesperación social, delincuencia incontrolable y desesperanza de las nuevas generaciones.
5.- Deficiencia alarmante en el sistema educacional y atención a la cultura. Especialmente las culturas populares sufren olvido, depresión y aniquilación en muchos casos, con lo cual se afecta ineludiblemente a la identidad de comunidades y pueblos.
6.- Crisis de la mediana y pequeña empresa.
7.- Descenso de la clase media hasta el empobrecimiento definitivo en muchos casos.
8.- Problemas migratorios incontrolables que pesan sobre la o las culturas nacionales y la economía.
9.- Descreimiento y apatía política crecientes entre las grandes masas trabajadoras.
10.- Manipulación y desinformación instrumentada por los grandes medios de comunicación.
11.-Desgaste y corrupción del sistema judicial, lo cual hace más vulnerable al hombre común.
12.-Ampliación significativa de la violencia ante la incapacidad del gobierno y la sociedad civil para ponerle freno.

Son estos algunos de los puntos que se observan hoy día a escala global y de forma dominante. Si esto se une al calentamiento planetario, que trae cada vez mayores desastres, cuyas víctimas principales son los desposeídos de la Tierra, habrá que preguntarse ¿cuál será el destino de las generaciones futuras?

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