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El periodista y escritor leonés, Carlos Suárez publica su primera novela, La muerte zurdaCarlos Suárez, periodista y escritor leonés, ha publicado su primera novela La muerte zurda en Ediciones Atodaplana

La muerte zurda es intriga en estado puro; una de esas novelas que -salvo lectores poco motivados- uno no puede dejar de leer. Desde la primera línea del texto ("Fue Herminia, la sirvienta, quien encontró el cadáver") el autor trata de atrapar la atención del lector. No sólo aparece el cuerpo sin vida de la baronesa Leonor Cienfuegos. Es encontrada además con un arma en la mano, una mancha de carmín embadurna la mitad inferior de su cara y está tan desnuda como el día en el que vino al mundo, incluido un pubis sin el menor asomo de vello.

¿Suicidio o asesinato? Nada se sabe. Tenemos un cadáver y las primeras pinceladas de un erotismo que empapa la novela de principio a fin. Pero no se ve, no existe ese narrador omnisciente que nos cuente toda la verdad. Tan sólo personajes ( un sargento de la guardia rural, el periodista de un periodico local y el médico encargado de realizar la autopsia ) que en su intento de averiguar lo sucedido ven o conocen aspectos fragmentados y parciales de la realidad.

El relato de esa investigación, de todo cuanto sucederá tras el halazgo del cadáver va entreverándose con la narración de los hechos ocurridos la víspera de la muerte, en un intento de reconstruir -a ojos de esos y otros personajes- las últimas horas de vida de la baronesa. A partir de esos dos hilos narrativos (el lluvioso día posterior a su muerte y la calurosa jornada en la que es encontrado el cadáver) el lector comenzará a perfilar la imagen, la personalidad de Leonor Cienfuegos.

La novela es, en ese sentido, una reflexión sobre la identidad y la falta de comunicación. Llegada dos años antes a la pequeña localidad de Cuervas, la baronesa es una completa desconocida y sólo su muerte comenzará a revelar su vida. Sabremos entonces a través de un demente paralítico que ha estado espiándola desde meses atras de las extrañas visitas de la baronesa a una vieja librería o sus citas con hombres que de madrugada (y hasta la noche misma de su muerte) acuden a su casa.

Pero tardaremos en conocer los hechos: en avergiuar si Leonor Cienfuegos se ha suicidado o quién ha sido el autor de un hipotético asesinato. En medio, cerca de una docena de personajes (una inolvidable puta, un sastra madre soltera, un boticario tradicionalista o un mancebo sordumudo) han poblado un mundo de ficción extraordinariamente vivo. Y nos esperan multitud de sorpresas sabiamente dosificadas.

Desde el arranque hasta el desenlace, el autor teje un argumento medido con la precisión de un mecanismo de relojería, una trama plagada de revelaciones desconcertantes, que constituyen un vibrante e inteligente juego salpicado de trampas.

Poco más puede decirse sin desvelar el argumento y echar por tierra la fascinación de la historia, salvo que no debe leer el final antes de tiempo, porque ahí el autor nos brinda un desenlace alucinantemente inesperado.

"La muerte zurda" , de Carlos Suárez. Atodaplana ediciones. Madrid, 2004. 340 páginas ISBN: 84-609-0424-5. 18 Euros Atodaplana ediciones. C/ Desengaño, 12- 5º . 28005 Madrid. Teléfonos: 91 522 44 17. www.atodaplana.es. correo: emarcos@atodaplana.es

 

 

 

La muerte zurda.
Carlos Suárez
A todaplana ediciones. 340 págs. 18 euros.
Madrid, 2004 ISBN: 84-609-0424-5


CAPÍTULO I

Fue Herminia, la sirvienta, quien encontró el cadáver.

Como todos los días, llegó a la casa alrededor de las once de la mañana. Ventiló el salón, sacudió las alfombras en la ventana, barrió el suelo y abrillantó la vieja tarima arrastrando con los pies dos pequeñas bayetas de gamuza. Ya en la cocina, lavó la taza manchada de té que había en el fregadero y tiró al cubo de los desperdicios el frasco de vidrio vacío que reposaba sobre la encimera. Puso a hervir el cazo del agua, molió el café y tostó sobre el hierro del fogón dos rebanadas de pan blanco, dejándolas dorar apenas el tiempo necesario para que la mantequilla se deshiciera empapando la miga y los bordes cobraran un tizne marrón. Luego, colocó el desayuno sobre la bandeja de bronce, la sostuvo en vilo, como si quisiera cerciorarse de que no había olvidado nada, y cruzó la puerta. Avanzó despacio por el estrecho pasillo, cuidando de no tropezar con la hilera de columnas que, adosadas a las paredes, sostenían aquella sucesión de arquerías de estilo árabe que para Herminia tomaban en la oscuridad la apariencia de una gigante tráquea animal. Llamó a la puerta de la habitación con sus dedos de nudillos blandos y, arrastrando sobre el suelo de madera las zapatillas de felpa, atravesó el dormitorio en penumbra. Invisible -negra como el carbón y vestida de luto-, paseó en el vacío su dentadura de incisivos blanquísimos y sus córneas veteadas de venas azules y posó a tientas la bandeja del desayuno sobre la mesilla de noche. Descorrió las cortinas de cretona que cegaban el sol de junio y ya entonces notó un sabor espeso y dulzón flotando en el aire.
“Era raro cómo olía la habitación”, recordaría después, “como a hierro oxidado”. Tardó aún unos instantes en descubrir el cuerpo. Hubo de esperar a que sus ojos se acostumbraran al golpe de luz que acababa de invadir la estancia y para entonces, inclinada sobre la bandeja del desayuno, con el asa de la jarra en la mano, servía el café.

“Ya son más de las doce, doña Leonor”, debió decir, y por un instante el aroma del café pareció corregir aquel olor pegajoso y hondo que inundaba el cuarto. “¿Bajará esta mañana a la sastra?”. Echó el azúcar -apenas una punta, una costumbre con la que la señora guardaba la espléndida concisión de su figura- y revolvió despacio el líquido con la cucharilla, sin advertir aún que aquella pregunta quedaría para siempre sin contestación.

De hecho, no le sorprendió en principio no encontrar respuesta. El ama era, sabía Herminia, una mujer de despertares lentos, con una especie de pereza infantil que acostumbraba a remolonear entre las sábanas para apurar el rescoldo del calor tibio y sudado de la noche, y la vieja sirvienta no tenía todavía indicio alguno de la desgracia. Nada indicaba la más ligera alteración -aunque tampoco ninguna semejanza- en el caprichoso desorden en el que los objetos habían aparecido cada mañana durante los últimos dos años. Frente al ventanal podía verse el escritorio desordenado, con el tintero abierto, el secante vuelto panza arriba, la pluma con la punta del plumín manchada aún de tinta, de acuerdo a aquella afición de la señora de escribir hasta bien entrada la madrugada; en el centro del cuarto, una enagua de gasa blanca, arrugada, reposaba en el suelo; más allá, en la cama, se delineaba el perfil del cuerpo, siempre de espaldas al ventanal, como si huyera de la luz, cubierto por la sábana hasta la cintura, con la colcha a los pies descolgándose sobre la tarima. Todo estaba tal y como lo había hallado en otras ocasiones, cumpliendo una rutina de centenares de mediodías anteriores, una repetición enmendada sólo por la disposición concreta y singular en la que el cansancio o el sueño hacen abandonar cada uno de los objetos sobre la mesa, la forma -desorden o azar- que adopta una tela arrojada con descuido al suelo.

La criada alzó el mentón olisqueando la vieja arca de ébano cuyo aroma le traía el recuerdo haitiano de sus orígenes, pero el aire le devolvió esta vez un olor de carne quemada. De pronto, algo no corpóreo en el interior de la vieja Herminia pareció romperse; un remoto resorte de aquel alma isleña, imbuida aún de rituales santeros, hubo de quebrarse. Fue como si se sintiera caer desamarrada, suelta; como si se hubiera roto o desanudado repentinamente uno de los cabos de cuerda tendida que atan la vida al mundo. Levantó su cara oscura, sostuvo un momento la jarra del café, mantenida también por un hilo frágil que la uniera a sus dedos, y advirtió la extraña inmovilidad del cuerpo de la baronesa, que se le antojó ya la quietud callada de la muerte.

No recordaba la criada haber gritado, de tal modo que el ruido de la loza al estrellarse contra la tarima y saltar en pedazos debió ser lo único que rompió el silencio. Herminia retrocedió hasta notar a su espalda la cal fría del muro aplastando sus nalgas mientras retorcía en sus manos el mandil, sin que pueda decirse si aquel ademán constituía un gesto -mitad espanto y resignación en parte- que se le escapa ante la contrariedad o se debía más bien a los orines que de forma inconsciente le escurrían también ante las desgracias. Tampoco supo el tiempo que permaneció allí, quieta, pisando en el suelo la mancha líquida de sus aguas menores; inmóvil y en silencio, sin poder apartar sus ojos saltones de la cama, contemplando el cuerpo desvaído por la trama de un aire grumoso compuesto por partículas de polvo que agitaban la luz flotando en el aire. Fue largo rato después cuando, avivada por la humedad pegajosa que empapaba sus muslos negros, se atrevió a mirar. Allí estaba el cuerpo, descubierto hasta la cintura, de costado, con el rostro vuelto hacia el fondo de la estancia, el pelo cayendo a los lados sobre los hombros, la piel de la espalda extrañamente blanca, con un brillo de cera pegado a la carne. El escozor de la meadura que empapaba sus partes pudendas aguijoneó el entendimiento de la criada y hubo de reconocer ya que el alma impulsiva y generosa de Leonor Cienfuegos había abandonado su envoltura mortal. Se persignó siete veces repitiendo aquel exorcismo aprendido en su niñez caribeña que, practicado sobre cuerpos aún tibios, eximía de tres cuartas partes de las penas del Purgatorio y, a largo plazo, aseguraba la salvación eterna. Sólo entonces llevó la mano al hombro del cadáver. Posó apenas los dedos con ese temor antiguo al contagio que produce la muerte e hizo girar el cuerpo, que, rígido ya, quedó tal como estaba, de lado y aovillado, pero cara ahora al ventanal y al rostro espantado de Herminia Duvalier. Tenía el ama el brazo derecho cruzado sobre el torso, proyectando sobre el regazo una sombra donde se entreveía el brillo metálico del revólver que empuñaba en la mano: el reflejo del cañón que, entre los senos descubiertos, parecía dibujar un filo frío que le abriera los pechos. Más a la izquierda, justo a la altura del corazón, podía apreciarse una herida de bala y un hilo de sangre que, seca ya, le había escurrido por el costado.
-Estaba así -corroboraría después la vieja Herminia-, acurrucada como un recién nacido y todita en cueros, como si Dios hubiera decidido llevársela tal como vino al mundo.

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