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Baltasar
Lobo, la escultura por vocación

La obra de Lobo es un eslabón necesario para entender
la transformación de la escultura moderna en su tránsito
desde la figuración al informalismo.
El inmenso contingente que Baltasar Lobo, nacido en Cerecinos
de Campos (Zamora) en 1910 y fallecido en 1993(París),
ha legado a su pueblo y a la humanidad entera, nos sorprende
y halaga a partes iguales.
La vida de Baltasar Lobo se había desarrollado en las
estrecheces de un ambiente modesto, uno de esos lugares perdidos
donde el progreso parecía haberse estancado siglos atrás.
De forma abrumadora y hegemónica, en los años treinta,
el sector primario seguía destacando en la economía
zamorana anclada en un pasado milenario. Las profesiones artesanales
siguen siendo muy tradicionales en los pueblos- herreros, carpinteros,
zapateros, albañiles, etc. El analfabetismo guarda estrecha
relación con las zonas más deprimidas de la provincia,
y las clases sociales y grupos dirigentes se estabilizan y perpetúan,
bien mediante vínculos familiares; afinidades políticas,
bien mediante intereses profesionales, ideológicos, etc.
Es en ese escenario donde crece y se desarrolla la vida de Baltasar
Lobo. Criado en el taller de carpintería paterno, pronto
decide que su profesión será la escultura.
Cuenta con un paisaje de inmensidad
oceánica, con pueblos de casas del color del barro donde
la tierra es pura geología de vacillares, de yermos paisajes,
y cuya luz cegadora suaviza todo. Esas tierras rojizas atraen
desde muy pequeño a Baltasar Lobo. La atracción
por la materia ha nutrido la vocación escultórica
de Lobo; va a convertirse en un compromiso de por vida, de amor
y desamor, de olvidos y recuerdos, de vida, muerte y esperanza.
Aquella tierra reseca se iba a transformar en sus manos en una
masa blanda y obediente que liga su vida con el sentir universal.
Es un querer despuntar de aquel letargo que había postrado
aquellas tierras durante siglos y las había dejado estériles,
inoperantes. El futuro que se vislumbra es dichoso a los ojos
del joven escultor. Su corazón, como el de otros jóvenes
intelectuales y soñadores, irradia de esperanza. Nuevos
tiempos corren en el discurrir de España. Sus ansias de
aprender le llevaran a Madrid. Comienza a estudiar en la Escuela
de Bellas Artes, pero pronto descubrirá que sus anhelos
de modernidad y de buscar nuevas teorías que le abran
sus expectativas como un escultor moderno chocaran con las viejas
teorías y practicas de una escuela que lleva siglos sin
renovarse. Más tarde el estallido de la Guerra Civil va
a irrumpir brutalmente en la vida de Lobo. Este se verá
obligado por las circunstancias a un exilio tan doloroso, como
vergonzoso, como miles de españoles que deciden salvar
su vida cruza la frontera hispano-francesa y decide quedarse
en París, ya amenazada del yugo opresor de la incomprensión
y la intolerancia humana.
Cuando en 1939 llama a la puerta de Picasso con una carpetilla
de dibujos debajo del brazo, puesto que la mayoría de
su obra se había perdido durante los bombardeos en España:
Muestra unos dibujos que aún conservaban los rasgos decimonónicos
de su formación; pero sus ganas de saber y aprender pronto
le convertirán en un artista autodidacta, que ve perfilar
su estilo en los años cuarenta. Las influencias de Picasso
y de París serán decisivas.
Poco a poco, en medio de aquellos
tiempos de exaltación de la posguerra, con las que París
celebró la recuperación de su libertad patria,
escultor, van a acrecentar la formación cultural de Baltasar
Lobo. A medida que comienza a tener amistades con otros artistas
residentes en París el ánimo de nuestro escultor
va a incidir en su creación escultórica. En ese
amplio círculo se encontraban los jóvenes existencialistas
de Saint-Germain-des-Pres, editores como Maspèro, escritores
comprometidos como Marguerite Duras, críticos de arte
como Pierre Daix, exiliados sudamericanos como Neruda o Jorge
Amado, pintores como Léger, y, por supuesto, veteranos
surrealistas. Con sus revistas y sus periódicos como L'Humanité
o Les Lettres Françaises, sus reuniones políticas,
sus salones literarios, sus galerías de arte, sus reuniones
mundanas y sus congresos internacionales dominaban intelectualmente
París y toda Europa.
Fue en esta época, donde las amistades y simpatías
del París de la posguerra acogían las ideas libertarias
de los artistas que habían luchado contra el fascismo,
donde se empieza a difundir la obra de Lobo. Esto también
conduce a nuestro escultor a una aproximación al Partido
Comunista, lo que le llevó a viajar a la Unión
Soviética. La decepción sufrida le condujo paulatinamente
a alejarse discretamente de las filas del partido.
Pero sobre todo domina en Lobo un compromiso civil, mucho más
fuerte que cualquier adscripción política, bajo
las formas y temas escultóricos: el predominio del recuerdo
de la guerra que había silenciado tantos gritos y aspiraciones,
la rudeza de los tiempos y el largo peregrinar de los corazones
solitarios dañados para siempre.
El interés por la escultura cicládica y por las
formas populares es manifiesto en los primeros años de
la década de los cuarenta. Son figuras de pequeño
tamaño que afirman su monumentalidad, a la vez que su
condición de exvotos. Lobo había superado los criterios
académicos de su juventud. Su madurez nacida de la angustia,
de la desesperación y de la esperanza convierte a su arte
en un arma inteligente y sincera. Con que combatir la atrocidad
de aquellos tiempos que habían sesgado tantas ilusiones.
Lobo va a colaborar en diversas iniciativas animadas por el espíritu
de fraternidad colectiva, la más conocida, fue la realización
con otros artistas españoles y franceses de un mural en
el Hospital Psiquiátrico de Sainte-Anne, uno de los más
importantes asilos para alienados de París, que estaba
reputado como un centro de difusión del art des fous,
un ámbito de marginalidad creativa muy atrayente para
los círculos surrealistas imperantes en la vida literaria
e intelectual parisina.
Tras 1945 el credo surrealista, tan decisivo en el escenario
de la vanguardia europea, había perdido su beligerancia
política, pero no se abandonó el recuerdo de las
locuras colectivas que la guerra infligió ni los sufrimientos
mentales que impuso. Se extendió a terrenos relacionados
con los mitos y las raíces universales del ser humano,
donde la obra escultórica de Lobo y de otros artistas
de su generación encontraron un ámbito imaginario
muy atrayente. Se impone así una escultura "plutónica",
cargada de pensamiento natural, un organicismo presente en la
obra de figuras que, aún siendo bien distintas entre sí,
comparten el germen del vitalismo, el gusto por lo orgánico
y una recuperación de lo antropomórfico, pero nada
tiene que ver con lo imitativo.
Su escultura discurre por caminos de creciente abstracción,
rondando lo monotemático- la figura femenina, en la que
simplifican y crecen las formas, recuerda también el horizonte
de Moore y Brancusi, y en su progresiva pérdida de los
rasgos anecdóticos recuerda ocasionalmente a los surrealistas.
En sus obras el motivo se "extrae" configurando la
figura, el equilibrio entre la masa y el volumen, la materialidad
y el peso. El trabajo emergente del bloque constituye el poder
escultórico que convierte a Lobo en un clásico
moderno.
A Lobo le atraía enormemente el universo de la vida entendida
en su pureza biológica y le gustaba visitar exposiciones
que organizaba el Museo de Historia Natural sobre los ciclos
de la naturaleza, la evolución de las especies o las ciencias
naturales, siempre motivado por el afán de comprender
el ser original, primigenio. Pero su traducción plástica
está lejos de una interpretación meramente imitativa.
Lo que Lobo expresa es la imitación figurativa, la copia
del modelo no puede ambicionar a ser el propio modelo. Estamos
a mediados del siglo XX, dos guerras mundiales, y una guerra
civil: la española, han cambiado para siempre los horizontes
de la actividad cultural europea.
Lobo sabe que la legalidad de la figura es inalcanzable por los
viejos parámetros naturalistas. Su interpretación
de lo natural es consciente de la modernidad presente en todas
las artes. La belleza absoluta se ha vuelto un concepto estéril.
Su obra es una manera de ver el mundo exterior, es un universo
de formas personal donde lo figurativo y abstracto se superponen
y contraen. Es una mirada al interior de la actividad vital,
una introspección en el ser primario que todos hemos sido.
Baltasar Lobo albergó escultóricamente tres fases
en su proceso creador: una etapa infantil, "edad del barro",
sucedida por los trabajos adolescentes de la madera, y una "edad
de madurez" que le enfrenta a los mármoles y los
metales. Por su delicado estado de salud Lobo no llegó
a practicar como escultor el trabajo del hierro, pero sí
otorgaba un cuidado exquisito a la labor de la fundición,
donde se materializaban algunas de sus viejas esculturas, a partir
de modelos de yeso, en monumentales esculturas de bronce.
Los silencios que jalonan su biografía son silencios temperamentales,
pero también impuestos por una época que hizo callar
a muchos españoles, también a Baltasar Lobo, que
oprimido por el silencio devino en un grito escultórico
universal, pletórico, lleno de vida y de futuro.
Manuela Nieto
Quintanilla
Septiembre, 2003 |