Revista de Castilla y León

A vueltas con Miguel Delibes


Por Jorge Urdiales

Jorge Urdiales es un experto conocedor de la obra de Miguel Delibes, autor del libro de expresión escrita Aprende a redactar con Miguel Delibes.

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El libro de Jorge Urdiales, "Aprende a redactar con Miguel Delibes", ya ha alcanzado su tercera edición, que estará en las librerías el próximo mes de abril.


A vueltas con Miguel Delibes

Delibes también fue pescador

Jueves, 26 de abril de 2012

Miguel Delibes, ese gran cazador de matacanes, pitorras, conejos, torcaces… empleó muchas mañanas y otras tantas tardes por los ríos de España. Con el agua hasta la cintura, esperando pacientemente a que picara una trucha de kilo y medio. O sin apenas luz en los arroyos y ríos cercanos a Valladolid, linterna en mano, sacando docenas de cangrejos de los de antes, de los españoles. Luego vendría el cangrejo americano arrasándolo todo, pero ese es otro cantar.

En el puente de Todos los Santos del año 2002, me acerqué a Vegarienzo, al norte de León. Allí me esperaba Paulino, guarda del río Omaña durante 35 años y uno de los últimos personajes vivos de las novelas de Miguel Delibes. Charlamos, me habló de Delibes, del Delibes pescador. Porque cuando don Miguel pescaba en el Omaña, llamaba antes a Paulino y disfrutaban los dos cogiendo truchas hermosas, salvajes. “Delibes era un pescador regularico. Es muy buen cazador, pero regular pescador”, me cuenta Paulino. Pescaba con mosca y era poco aficionado a la cucharilla. Paulino, ya jubilado, recuerda las ocasiones en las pescó con Delibes. Habla despacio, no tiene prisa por acabar la entrevista: “Siempre preguntaba por mí. Llamaba antes de venir. Delibes echaba sus canciones por el río mientras pescaba. Canciones de la tierra, castellanas. Estaba cantando continuamente. Venía él solo, con el coche. No se quedaba a dormir, se volvía a Valladolid. Comíamos en el Sandalio”. No se fue nunca Delibes sin dejarle alguno de sus libros a Paulino. Era hombre de fidelidades y de costumbres y sabía que eso a Paulino le agradaba.

Cuando Delibes escribió por fin un libro sobre la pesca de la trucha,  dedicó un capítulo entero a Paulino, que llamó: “Paulino, el guarda del Omaña”. El libro, que tituló Mis amigas las truchas, tuvo el éxito que han tenido los libros de Delibes. Paulino, que tantas veces pescó con Delibes por chorreras y cachones, reciales y torrenteras, comprobó en ese libro el valor de una amistad forjada entre anzuelos, tasajos, plumas de lomo y corrientes de agua.

Leo en Mi vida al aire libre la queja de Miguel Delibes sobre las truchas que vinieron después: “Los que vengan detrás tal vez se acostumbrarán a sacar del río truchas de fábrica, de piscifactoría, y hasta es previsible que el artificio tome definitivamente su asiento en el mundo del deporte y el pescador del futuro encuentre tanto encanto en esta simulación como el que encontraba yo hace veinte años bregando con la trucha silvestre de Gredos o los Picos de Europa”.

Ayer teníamos al autor. Hoy nos quedan sus libros de pesca, de caza, de viajes… Cada uno con su léxico preciso, que no es igual una escorrentía que un ejarbe o una lameira.  Y para la caza, una cosa es un aguardadero, otra un perdedero y otra un tiradero.

Se ha dicho de Miguel Delibes que ha sido un cazador que escribía.  Si también recordamos al Delibes pescador, quizá sería mejor decir que Delibes fue un hombre de campo que escribió sobre el campo y atendió a su lenguaje.

Jorge Urdiales es el autor del Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes y del Diccionario de expresiones populares en la narrativa de Miguel Delibes.


A vueltas con Miguel Delibes

Delibes y su camino en el cine

Jueves, 29 de marzo de 2012

El camino, Mi idolatrado hijo Sisí, El príncipe destronado, Los santos inocentes, El disputado voto del señor Cayo, El tesoro, La sombra del ciprés es alargada, Las ratas y Diario de un jubilado  se han transformado en películas entre 1962 y 1998

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pinche aquí para ir a la serie de rtve El caminoAlgún valor plástico debió de encontrarse en los libros de Miguel Delibes para que nueve de sus obras se llevasen a la gran pantalla. ¡Hasta nueve! ¿Alguien da más? Esta percepción ya dejó escrita el maestro en su libro He dicho cuando pensaba que “hay algo en mis narraciones que las aproxima al cine”. El camino, Mi idolatrado hijo Sisí, El príncipe destronado, Los santos inocentes, El disputado voto del señor Cayo, El tesoro, La sombra del ciprés es alargada, Las ratas y Diario de un jubilado  se han transformado en películas entre 1962 y 1998. De ellas, tres cambiaron su nombre en el cine. Las demás mantuvieron el del libro.

La relación de Delibes y el cine no la busca él. Le viene como un premio, como un ensanchamiento de su literatura a otras parcelas del saber. Sin comerlo ni beberlo, los Paco Rabal, Alfredo Landa o Lidia Bosch, hacen aún más grande su leyenda a través de las salas de cine y televisión. Es tal la repercusión de sus películas que en 1993 la Seminci de Valladolid le dedica un ciclo (¡y hasta un libro!) al escritor vallisoletano.

Este año de Nuestro Señor de 2012 celebramos el medio siglo de El camino en el cine. El libro encumbró al escritor en la cima de la literatura del siglo XX. La película, dirigida por Ana Mariscal, no quiso trastocar los textos delibianos y llevó a imágenes lo que Delibes contaba en el libro. A lo sumo, que los tres amigos, en vez de robarle manzanas a la Mica, en la película saltan la valla para montarse en su coche y hacer que lo conducen.

Ana Mariscal eligió Candeleda, en la provincia de Ávila, para el rodaje. Molledo, en Cantabria, quedó para el libro. Allí, en el pueblo abulense, los tres chicos actores se aburrían de la lentitud de los ensayos y las grabaciones. Cuando llegó el momento de grabar la muerte y velatorio de Germán, el Tiñoso, al chico lo colocaron en el ataúd. Después situaron al resto de personajes y figurantes y colocaron los objetos de la casa y prepararon el tordo que iba a llevar Daniel, el Mochuelo y… Para cuando fueron a grabar la escena, Germán se había dormido dentro del ataúd.

A Delibes, que se acercó hasta Candeleda, también le sorprendió la lentitud del rodaje y que las escenas no se rodaran linealmente sino que, ya se había rodado la muerte de Germán, el Tiñoso y al día siguiente volvía a resucitar para una escena anterior.

Una década después se llevó El camino a televisión con cinco capítulos de media hora. En 1978 se emitió por TVE1 y se llevó el premio a la mejor dirección en el festival de Praga.

Delibes, tras dos años de su muerte, la grandeza de Delibes se asienta en sus libros, pero no solo en ellos. A Delibes también lo han hecho grande estas nueve películas que evidencian la plasticidad de su escritura.


Miguel Delibes, mar y literatura

¡Atención marineros! Esto es bogar… esto ciar…esto repalear… esto arbolar… (Madera de héroe p. 292).

Gervasio García de la Lastra, el protagonista de Madera de héroe (libro de Miguel Delibes de 1987), escucha estas órdenes como marinero. Son una novedad para él,  un chico de Valladolid acostumbrado al lenguaje de secano.

Pero Miguel Delibes, cuando escribe Madera de héroe, no tiene que inventar este discurso marinero. Ni en Madera de héroe ni en algunos capítulos de La partida. Y es que el maestro Delibes se pasó más de un año de su larga vida en un barco rodeado de mar, teniendo como horizonte la proa, la popa, el babor y el estribor del buque-escuela Galatea y, después, del crucero Canarias.

A punto de cumplir los 18 años, Delibes se alistó como voluntario en la Armada de los nacionales durante la Guerra Civil.

Pasaron los años y en 1954 escribió La partida, libro en el que toca por primera vez la temática marinera. Para 1987 aparecerá su gran obra relacionada con la peripecia personal de Delibes en la guerra: Madera de héroe. Se puede decir que si Lorenzo es el personaje que  más se parece al Miguel Delibes de tierra adentro, Gervasio es el yo del Delibes marinero. Gervasio y Miguel, Miguel y Gervasio, comparten crucero, número asignado en el mismo, destino, mandos y obligaciones.

La similitud entre vida y obra comienza en Madera de héroe en la misma dedicatoria, que es para Luis Mª Fernández, amigo de Delibes que murió en el hundimiento del crucero Baleares.

Avanzado el libro, Gervasio ingresa en el crucero Canarias al igual que le sucedió a Delibes el 27 de abril de 1938. Allí recibe las primeras instrucciones de lo que es un barco y de lo que hacer en él. Cuando Delibes escribe en la página 338 el número y el destino que va a tener Gervasio, está escribiendo el suyo propio: “Gervasio García de la Lastra, 377A, tubo acústico”.

En efecto, a Delibes lo destinaron al tubo acústico y, dentro de él, a la dirección de tiro. En el tubo acústico, es decir, el puesto C, el antiaéreo, Gervasio está a las órdenes del cabo Jorquera, cabo que tubo Delibes entre 1938 y 1939. No es Jorquera el único mando real, de carne y hueso, que tuvo a sus órdenes a Miguel Delibes durante la guerra y que luego aparece en Madera de héroe. Los cabos Rego y Pita también lo fueron del marinero Delibes. El cabo Rego, personaje de Madera de héroe, llegó en la vida real a comandante de Marina.

El cabo Pita, del que se dice en Madera de héroe que era cogotudo, grave, bajo de estatura y hombre de pocas palabras, era en verdad así y no era artillero como Gervasio o Delibes, sino de marinería.

Pasado el periodo de instrucción de Gervasio, llega la rutina y el quehacer diario. “(…) reconocimiento médico, vacunación, pañol de ropa y calzado, distribución por sollados, asignación de taquillas y batayolas y finalmente, antes de darlos por incorporados, la ducha en toldilla (…)”. Gervasio y sus compañeros no comen mal en Madera de héroe. Miguel Delibes tampoco. Se come en el sollado, 10 marineros en cada mesa, más el cabo rancho, 11.

Gervasio se viste la gala en la p. 297 del libro al igual que Delibes se vestía para salir de paseo por Palma de Mallorca, que es donde tenía su base el crucero Canarias… Y así podría seguir entrelazando las vidas de Gervasio y de Delibes junto a las olas del mar en este Madera de héroe, que nos acerca al marinero Miguel de 18 años que por unos meses se separó de su Valladolid natal.

El 12 de marzo de 2010 se nos fue un hombre que fue cazador, pescador, buen padre de familia, periodista… y también un marinero con dos medallas en la solapa.


A vueltas con Miguel Delibes

Jueves, 26 de enero de 2012

Pequeñas elevaciones del terreno: el caballón

La caza da unas fatigas que no da la pesca. Es de sube y baja, de repechos, de laderas que se empinan y de caminatas por el páramo. El cazador que se precie de serlo tiene que tener buen fuelle si quiere abatir a unas perdices por los campos de Castilla.

Delibes fue un cazador de los de antes que disfrutó del campo libre, sin lindes ni cotos, durante unos cuantos años. Todas las laderas de Villafuerte eran para él y para su hermano Manolo, “Manolón” y otros amigos. Y la Sinova y las cuestas de La Mudarra de la mano de su padre.

En aquellos años 20, 30 y 40 al Delibes niño y joven le traían sin cuidado los rebarcos empinados o la constante presencia de caballones en sus jornadas venatorias. El caballón es, según el DRAE, el lomo que se levanta con la azada para formar y dividir las eras de las huertas y para plantar las hortalizas o aporcarlas.  Por tanto, es una elevación del terreno que se sortea sin dificultad en dos o tres zancadas.

Hubo otros tiempos en los que Miguel Delibes salía al campo y lo aguantaba todo: el frío, el viento, las cuestas, la sed. En aquellos años el maestro escribía así sobre los caballones:

En esto de la perdiz, sin embargo, vale más la esperanza que la realidad y el cazador que camina entre tomillos y espinos y otea en lontananza mohedas y breñales, ha de andar siempre al quite puesto que en cada repecho o caballón, de cada junquera, de cada chaparro, cuando no de los cavones del barbecho o las pajas del rispión, puede arrancarle la patirroja con su galleo de alarma.

(Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 21)

Ciertamente no eran un obstáculo para él. Se pasaba sobre ellos y punto:

(...) al remontar un caballón, en la ladera.

(Las perdices del domingo, p. 85)

Pero el paso del tiempo le fue endureciendo los huesos y, de jubilado, prefería la soledad y el silencio del campo antes que las fatigas de antaño. El maestro me hizo esta confesión en carta que conservo del año 2002. Supo reconocer su último coto, saber que no habría más después del coto El Bibre, cuyo dueño era Jesús María Reglero. Colgó la escopeta a tiempo, junto al hijo de su amigo Genuino Reglero, en aquel coto que comprendía cinco pueblos al norte de Tordesillas. Supo administrar sus tiempos y dejó de cazar cuando ya sus piernas no le aguantaron tanta caminata.

Es en El último coto en donde el maestro mira a los caballones con ojos de cazador que se retira de la primera línea:

(...) puesto que dentro de cinco o diez años, sus arrestos, antes que para pechar con vaguadas y caballones, estarán para dar un paseíto vespertino por el Campo Grande,

(El último coto, p. 14)

Miguel Delibes supo ver la caza en toda su plenitud y amplitud: desde la pieza cazada hasta los más variados accidentes meteorológicos, pasando por estas elevaciones del terreno que conforman el paisaje castellano. Supongo que en los cotos celestiales el maestro ha vuelto a pasar por encima de los caballones como si nada, junto a su padre. Después, con la percha llena, le habrán llevado las perdices a Ángeles, su esposa, para que las guise. Porque, allí, en el Cielo, las perdices saben a gloria.


A vueltas con Miguel Delibes

Domingo, 11 de diciembre de 2011

Boñiga o cagajón

        En la ciudad se pierde el tiempo, se dedica la gente a cosas vanas, que ni van ni vienen. Esta es una de las ideas que el Mochuelo tiene en mente y que formula con ejemplos apenas empieza el devaneo de sus recuerdos sobre el camastro que chirría, la víspera de su marcha a la ciudad: “Seguramente, en la ciudad se pierde mucho el tiempo –pensaba el Mochuelo- y, a fin de cuentas, habrá quien, al cabo de catorce años de estudio, no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón”. (El camino, p. 8).

Daniel, que está hecho al campo, vive con normalidad en su pueblo de Cantabria que las ruedas los carros de vacas se metan entre las boñigas y las aplasten y las estrujen.  Con la misma naturalidad pasa junto a unos cagajones de caballo mientras se dirige a la Poza del Inglés con sus amigos Germán y Roque. Las boñigas y los cagajones forman parte de la vida del valle, de ese valle del que Daniel no tiene ninguna necesidad de salir.

Boñiga y cagajón son, por tanto, dos cosas distintas y el DRAE es claro y escueto al definir ambas palabras:

Boñiga: Excremento del ganado vacuno.

Cagajón: Porción del excremento de las caballerías.

Leemos, casi casi los vemos, cagajones en La hoja roja (p. 188): “(...) se desahogó impunemente y dejó sobre el pavimento un collar de cagajones”.

Para las boñigas, el maestro hace filosofía con ellas y con otros elementos del valle y del pueblo y pone en boca de Daniel unas reflexiones y profundidades impropias de un niño:“Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban, pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir”. (El camino p. 33)

En lo que hoy es Castilla y León las boñigas manchan pocas calles porque pocas vacas hay. De las de leche quedan algunas al norte de León, Palencia y Burgos, de verdes pastos. Otras pocas por la sierra de Gredos y explotaciones diseminadas por toda la Comunidad. En Las Navas del Marqués (Ávila) su disminución ha sido asombrosa. Sumémosle a las lecheras las de carne (que también sueltan sus boñigas sobre el suelo exactamente igual que las primeras), pero su número sigue siendo pequeño. No es animal cotidiano, hoy, en Castilla y León. En tiempos, al menos los bueyes sí que formaron parte del paisaje castellano.

Para el cagajón, tres cuartos de lo mismo. No nos topamos con ellos a las primeras de cambio. En muchos pueblos alguien tiene algún caballo, pero no se ven los cagajones con la asiduidad con la que vemos las cagarrutas de las ovejas.
Lo que planteo no es tanto haber visto sobre un camino o carretera una boñiga o un cagajón (que sería lo ideal), sino conocerlos aunque sea a través de internet y saber el significado de estas palabras que también forman parte del lenguaje rural de Miguel Delibes. Palabras escatológicas son, indudablemente, pero empleadas con naturalidad en un ambiente de campo, no dejan de ser una riqueza del español como idioma. Delibes, nosotros, estaremos llamando a las cosas por su nombre.


 

A vueltas con Miguel Delibes

Miércoles, 2 de noviembre de 2011

Todo empezó en Sedano

Dos seres enamorados, separados por cien kilómetros y sin dinero… porque así estaban Miguel Delibes y su novia, Ángeles, en el verano de 1941. ¿Cómo podremos vernos? Pensaba el uno, pensaba el otro. El joven Miguel en Molledo-Portolín, el pueblecito de Cantabria al que llegó su abuelo para construir el ferrocarril. La bella Ángeles en Sedano, al norte de Burgos. Sedano, tan cerca de la provincia de Santander (como se llamaba entonces) y tan cerca de la provincia de Palencia. Apenas a diez centímetros un pueblo del otro si los miramos en un mapa de carreteras y sin embargo… a un centenar real de kilómetros.

El joven Miguel no tenía dinero, pero tenía juventud y piernas y una bicicleta para andar sobre ella. De inmediato le puso un telegrama a su novia: “Llegaré miércoles tarde en bicicleta; búscame alojamiento; te quiere, Miguel”. Y el miércoles antes del amanecer ya estaba en la carretera sobre la bici con la ropa necesaria para pasar un par de días fuera de casa: dos calzoncillos, dos camisas y un cepillo de dientes por equipaje.

Amanece en la Cordillera Cantábrica mientras el enamorado Miguel atraviesa los primeros pueblos: Santa Olalla, Bárcena de Pie de Concha, Hoz de Reinosa… Hasta llegar al alto de Reinosa, la cuesta, sin ser de primera categoría, es siempre hacia arriba y Miguel sufre sobre la bici. En plena cuesta le van subiendo los calores y le sobra casi toda la ropa. De lejos, parece que estuviera parado. En el puerto hace la parada seria de la jornada. Sabe el joven Miguel que le queda lo más fácil, que lo duro ya ha pasado. Después se irán sucediendo vaivenes constantes que harán más llevadero el tramo final y Sedano se alzará ante sus ojos como la meta deseada.

Miguel y Ángeles compartirán unos días juntos en ese noviazgo que luego les llevó al altar y a una familia numerosa de siete hijos. Todo, en fin, casi todo comenzó en Sedano.
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Con Delibes por La Mudarra

 

El primer campo que conoce Delibes es el Campo Grande, en la ciudad de Valladolid. Entonces aquel inmenso parque era verdadero campo y Miguel, casi sin haber dejado el pañal, se para ante su primera fila de hormigas que corretean sin descanso.

No tarda su padre en sacarlo al campo, al campo con mayúsculas, a La Mudarra. Recuerda Delibes, con el paso del tiempo, que de pequeño, cuando tenía seis años, su padre lo empezó a llevar de caza “a un monte que había por Torozos, antes de llegar a Medina de Rioseco, en la Mudarra”. Allí el niño Miguel se asombra ante los primeros cuervos de su vida, otras hormigas que siguen correteando sin descanso y la distancia que toman las nubes siguiendo la línea del páramo.

Miguel Delibes cumple años, siete, ocho, nueve… y su padre lo sigue llevando junto a alguno de sus hermanos a La Mudarra. Ya Miguel distingue una perdiz de una urraca y se va dando cuenta de que los cuervos se reúnen en consejo cada cierto tiempo y de que él y sus hermanos no siempre pueden andar dando voces y brincos por el campo. Aprende sus primeras palabras rurales. La figura de su padre, escopeta al hombro, en lo alto de un teso en el monte de Valdés, allí en La Mudarra, se la clava al niño Miguel en el fondo de su alma. Lo está idealizando. Su padre es el mejor padre del mundo. ¡Con qué parsimonia se mueve entre los tomillos!

En otras ocasiones el padre se los lleva al este de Valladolid a distancia parecida, en el extremo opuesto, a mano izquierda de la carretera de Soria, entre la cuenca del Duero y la cuenca del Esgueva.

Sea el Valle del Esgueva, sea La Mudarra, Miguel Delibes va interiorizando en sus salidas al campo su amor por la naturaleza y por los valores y costumbres de aquellos castellanos de trilla y panera, de boina y conejos en el corral. Aquellos personajes que un día el maestro los hará suyos en sus novelas.


A vueltas con Miguel Delibes

Lunes, 27 de junio de 2011

Delibes, aguas abajo

Cachón, cadozo, chorrera, escorrentía, lameira, hontanar, recial, rasera, torrentera... Delibes, aguas abajo, aguas arriba, pesca y caza sin descanso un domingo tras otro. Si su hijo Germán tiene que meterse en el arroyo en pleno mes de diciembre a recuperar dos azulones que acaba de disparar, no será su padre el que le ponga reparos. Si el río Omaña, en León, queda lejos de Valladolid, para eso está el coche del maestro.

La Naturaleza tiene sus leyes, que respeta el maestro, pero los Delibes no se arredran a las primeras de cambio. En sus cazatas y días de pesca, el maestro ha cruzado muchos arroyos, desbordamientos de ríos, lluvias torrenciales y demás movimientos de agua que se cuelan en sus novelas y cuentos como quien no quiere la cosa.

Nos quedaremos hoy con dos de las palabras que enumeraba al principio: cachón y cadozo. Encontré “cachón” en Mis amigas las truchas nada más comenzar el libro:

(...) a partir de las dos buscamos las salidas de cachones y chorreras, allí donde la superficie se riza, en la línea de intersección de las aguas profundas y delgadas.

Fui al Diccionario de la Academia y leí que el cachón es un “chorro de agua que cae de poca altura y rompe formando espuma”. O sea, que hay cachones en la mayoría de arroyos y ríos de España y nosotros sin saberlo.

Con el tiempo encontré otro cachón mediado El disputado voto del señor Cayo, en la página 73 de mi edición:

(...) el río se convertía en una cinta verde, reverberante, que se ensombrecía en los tozos profundos y, a trechos, blanqueaba en cachones espumeantes.

A los “cadozos” también los encontré en Mis amigas las truchas, poco después de los cachones:

El Órbigo, en los cadozos y raseras de Santa Marina, es demasiada agua para mí que me he hecho en ríos recién nacidos,

El Diccionario despacha el significado de “cadozo” con un sinónimo (olla) que luego explica: remolino que hacen las aguas. Por tanto, quizá exista algún río sin cachones, pero difícilmente lo encontraremos sin cadozos. Se ven estos con más facilidad en ríos grandes cuando sus aguas bajan majestuosas como en un desfile de Regulares.

Después de leer al maestro de principio a fin, de abajo arriba y de la pe a la pa, me quito el sombrero (la gorra de playa al estar en verano) ante tanto dominio del lenguaje. Cada elemento de la Naturaleza tiene su nombre y parece que el maestro Delibes los dominase todos.


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Jueves, 7 de abril de 2011

Bichar

El bichero de Tordehumos, el que aparece en El último coto de Miguel Delibes ya murió hace tiempo. Hombre de boina parda por los bordes como el señor Cayo, era un bichero de primera, de esos que conocen el terreno y no equivocan su salida al campo.

Al bichero de Tordehumos lo vi en una foto de revista de caza el pasado mes de marzo: la cara cuarteada, la boina hecha ya a su cabeza, la mirada despierta …

Dice Delibes en la página 53 de El último coto que a las dos bajaron a comer y allí dejaron al bichero, encorvado y con la boina capona en la cabeza.

Lo que hace un bichero es bichar el monte, el páramo, los rebarcos y las vegas de los arroyos y ríos. Todo aquel lugar en el que haya conejos. Si al bichero delibiano lo encontramos en El último coto, al verbo bichar hay que leerlo en un libro anterior, Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo:

Joaco Velasco nos decía en la comida que bichar el monte es la prueba más palpable de la recuperación del conejo (...) (p. 36)

 

Bichar no es palabra de diccionario. El de la Academia no la trae. La defino así en mi Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes:

 

Bichar: Llevar al hurón (el bicho) para cazar conejos y que éste entre en los bardos para que los conejos salgan a la superficie. (Investigación de campo)

En cuanto a “bichero”, tres cuartos de lo mismo. La definición del DRAE no es la que nos interesa en este caso. Tampoco las del Diccionario General de la Lengua Castellana ni la del Diccionario Ilustrado de Lengua Española. Pregunté al maestro en agosto de 2003 y me respondió en carta de 13 de agosto de 2003 que un bichero es un “cazador de conejos con bicho (hurón)”. El hurón es al final el que le saca al cazador los conejos del bardo.

He visto conejos embardados en los bardos, recluidos en las conejeras de mi tío Afrodisio, al ajillo en casa de Chelo y hasta colgados de un gancho en la carnicería de debajo de casa. Pero sé que no he llegado a conocerlos tanto como el maestro, que sabía de sus querencias y costumbres, sus hábitos alimenticios y sus idas y venidas por esos campos de Castilla que siguen estando algo huérfanos desde que no los recorre Miguel Delibes.


El patrimonio que se pierde

 Martes, 1 de marzo de 2011 

Demos una vuelta con Delibes por el norte de Burgos y su patrimonio. Dejemos cazas y literaturas y contemplemos el arte de Castilla y León.

No hay en Europa, salvo Italia, una nación con tanto patrimonio histórico como España. Las iglesias de tantos y tantos pueblos son una muestra de ello. Permítanme que les cite un ejemplo de cómo las subvenciones estatales, regionales, locales o particulares siguen en ocasiones sin llegar mientras se deteriora más y más parte del patrimonio arquitectónico español: la iglesia de Villamorón, al noroeste de Burgos.

El pueblo, diminuto, casi ínfimo, es un ejemplo de la batalla perdida con el paso del tiempo. En otras épocas tuvo su esplendor. Hace décadas la vida era alegre y vital en Villamorón. ¡Qué veranos de siega, acarreo, bieldo y trillo en las eras!

Su iglesia, que se eleva hacia Dios en nombre de Castilla, mantiene bien alta la dignidad de lo que hoy ya es solamente una pedanía de Villegas (el pueblo grande que se ha comido al chico).

Miro hacia lo alto. El badajo de sus campanas tuvo que llamar a la más noble de las reconquistas  ya desde el siglo XIII. Después, en el siglo XVI, se rezaría intramuros de la iglesia por los conquistadores y misioneros que marchaban a las Indias. ¿Cómo aguantaría la embestida napoleónica del XIX? Hoy, la embestida quizá sea mayor: el paso del tiempo. Hay tantas iglesias por restaurar… Castilla ha sido tierra de misión, de fe profunda que se refleja en su cultura popular.

La iglesia de Villamorón, desde fuera, se percibe inmensa. El viajero no se imaginaría algo tan imponente en medio del campo y rodeado de algunas casas semiabandonadas. Sus muros tienen unos excelentes sillares de piedra caliza. Estamos ante un monumento a la austeridad, por fuera y por dentro. En su interior, de tres naves, la decoración mínima cede protagonismo a la construcción. Apenas tiene muebles. La luz que se cuela por el rosetón es la necesaria, sin excesos. Su elevación hacia las alturas se plantea sin estridencias, con la majestuosidad que le corresponde. Todo está construido con elegancia.

Al salir de la iglesia de Villamorón, el que escribe vuelve a reforzar su idea de que el patrimonio arquitectónico español es riquísimo pero que las subvenciones y ayudas no llegan a todos. Desde Villamorón se buscaron soluciones económicas y, de tanto llamar, algunas puertas se les han abierto. Que sea para bien. 

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A vueltas con Miguel Delibes

La becada

Domingo, 6 de febrero de 2011

Entre pájaros anda el juego. El juego literario de Miguel Delibes.

Llegan al centenar las aves nombradas por el maestro en sus libros. Gran amante de pájaros y pajaritos, se llevó a algunos de ellos a las reuniones de la Real Academia Española (única que se llama “española” en su denominación de entre las reales academias de España). Recién nombrado académico con el sillón “e” minúscula, don Miguel intentó que el canto de algunos de sus pájaros más locales, más rurales, se oyese al abrir el Diccionario. Eran nombres de pájaros que, a veces, tenían su denominación más general (avutarda), pero que carecían dentro del Diccionario de su nombre local (barbón).

La becada, esta con presencia en el Diccionario,  es según los académicos un  “ave limícola del tamaño de una perdiz, de pico largo, recto y delgado, cabeza comprimida y plumaje pardo rojizo con manchas negras en las partes superiores y de color claro finamente listado en las inferiores (…).

El maestro, al definirla en Parábola de náufrago, va más allá de la descripción fría, filológica. Delibes las ha visto por Castilla, las ha observado una y otra vez en aquellos días de caza que ahora se rememoran en programas y documentales al hablar de su vida. La becada, más abundante en Vascongadas que en los páramos vallisoletanos, se nos muestra en las páginas 115 y 116 de Parábola de náufrago a través del estilo sobrio de Miguel Delibes:

Me refiero a la chocha, sorda, becada o, como más poéticamente la denominan los venadores franceses, “bella durmiente del bosque”. He aquí un pájaro original de un físico curioso: paticorto, de un plumaje marrón, jaspeado, un ojo plano, negro, que llena toda la cuenca, y un pico de seis o siete centímetros, mediante el cual, sondeando las tierras húmedas y mollares, se procura alimento. La chocha, salvo en sus movimientos migratorios, muestra hábitos de anacoreta y suele resguardarse en las arboledas, bien sean bosques frondosos o montes de roble o encina. Después de cincuenta años de patear Castilla, puedo asegurar que nunca tropecé con una becada en una tierra desguarnecida, que no confiara su defensa a la ocultación tras un árbol o matorral y a su arrancada zigzagueante e irregular. Debido a su aislamiento, su escasez y su suculenta tajada, la chocha, con su apariencia de lego franciscano, representa uno de los más altos trofeos de la volatería cinegética en Castilla. Yo he cobrado becadas en los encinares y robledales de la meseta y en los sotos de nuestros ríos, pero, salvo en las pasas, con cuentagotas, una o dos por temporada, cifra semejante a las que lograba mi padre en el monte de Valdés, orilla de la Mudarra,

Delibes no llega a ser tan preciso en su descripción de la becada sólo por sus propias aptitudes para la expresión escrita. Cumple también con las tres premisas que son necesarias para redactar bien: orden, sobriedad y observación. En mi último libro, Aprende a redactar con Miguel Delibes, tomo al maestro como modelo al servicio de la expresión escrita por estos tres motivos. El más importante, el de la observación, es el que más claramente se muestra en este texto referido a la becada. El escritor la define, cita sus hábitos, dice dónde encontrarla y dónde no, se atreve a compararla con un lego franciscano y cuenta finalmente algunas experiencias propias. Y todo esto, con el orden y sobriedad que le dan al texto tan alta categoría. Lo dicho: ¡enhorabuena, maestro!

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Cuando el galgo está blando de pies

Poco después de la Virgen del Pilar de 2009 recibí una llamada de TVE, del programa “El escarabajo verde”. Joan Sella, uno de sus responsables, había dado con mi Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes y andaba preparando un programa sobre el maestro. “El escarabajo verde” (TVE2) es un programa de medioambiente que se destina a todos los públicos. También a los especialistas, pero sobre todo para los que simplemente nos gusta el campo.

El amigo Sella quería hablar de Delibes sobre el terreno: el aire, el páramo y las gentes de Miguel Delibes, sin estudios de televisión de por medio que alejan el verdadero sentido rural del escritor. Me pidió entonces un lugar, un pueblo en donde situar el libro de Las ratas y yo le hablé de Castrillo Tejeriego, a 37 kilómetros al este de Valladolid, entre los valles del Esgueva y del Duero. Le expliqué que si cogemos el dibujo del pueblo que aparece en la página 3 del libro y la estampa que muestra Castrillo si uno viene por la carretera de Quintanilla, sólo tendríamos que cambiar el cementerio de sitio para tener dos fotos calcadas.

En un par de días de grabación mostré a los señores de televisión lo que todavía es el mundo rural de Miguel Delibes, con paisajes y personajes que dan vida a la Castilla del siglo XXI.

El sábado 30 de octubre de 2010 vieron cómo Chelo enciende la gloria en su casa, lo bien que toca las campanas de la iglesia José María de la Fuente, qué aperos emplea la familia de Esperanza para matar al cerdo, cómo vuelve a encender la Palmira el hachón en la iglesia después de tantos años y qué tiempo hace en Castilla y cómo interpretarlo de la sabia inteligencia rural de Fernando.

Para el domingo les había reservado un repaso general a los aperos de labranza de la mano de Afrodisio, jubilado labrador, y una jornada, corta, de caza, en compañía de Carmelo de la Fuente, experto cazador del valle del Jaramiel. Con sus galgas en el páramo, fueron saliendo términos de caza de los que emplea Delibes, el cazador Delibes. Y Carmelo fue explicando qué significaba cada uno de ellos. “¿Blando de pies?”, le pregunté a Carmelo y él nos vino a contar lo que yo escribí en el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes.

Allí relato que “blando de pies” aparece en Viejas historias de Castilla la Vieja, página 78 y el maestro escribe que el Sultán, el galgo del Ponciano, era blando de pies. Según mi investigación de campo, “blando de pies” es, en este caso, el galgo que se resiente de las patas al correr por piedras, rastrojo o monte bajo. E, incluso, añado la propia definición que me aportó el maestro el 9 de mayo de 2005, en carta manuscrita que conservo: “Se le lastimaban los pies con facilidad”.

El galgo, cuando ve una liebre en el campo, va ciego a por ella, pisando por terrenos que a veces no convienen a sus patas.

Castilla, a través de Miguel Delibes, vuelve a renacer en programas televisivos como el que comento y, por si alguien quisiera ver el programa que emitió la 2 el pasado 3 de diciembre, adjunto el link y que lo disfruten: http://www.rtve.es/television/20101203/miguel-delibes-paisajes-palabras/377616.shtml

 

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Miguel Delibes, carta por carta

 

“No viajo, no escribo, no cazo…”. Así comenzaba la primera carta que recibí del maestro allá por el año 2002. Ver en el buzón de mi casa el remite de don Miguel en una carta sellada en Valladolid fue una verdadera alegría. Leí y releí varias veces las palabras de la tarjeta que aparecían al abrir el sobre. Casi las aprendí de memoria.

Aquel 2002 andaba yo preparando mi tesis doctoral sobre el lenguaje popular-rural en la narrativa de Miguel Delibes. Hasta que llegó aquella carta a casa, el trabajo había sido duro y tenaz. Página a página, me había ido leyendo todas las obras del maestro, lápiz en mano, buscando todas y cada una de las palabras rurales que se encontraban en las descripciones del campo, de la ciudad y en boca de sus personajes. Al mismo tiempo anotaba las expresiones (refranes, sentencias, dichos, etc.) que se encuentran por cientos en sus libros.

Al concluir este primer trabajo, sumé. Tenía contabilizadas 1.130 expresiones y cerca de 2.000 palabras populares-rurales. Cribé las palabras en sucesivas ocasiones y me quedé con las 1.469 que consideré claramente rurales. Busqué una a una en el Diccionario de la Academia de la Lengua y comprobé que la mayoría aparecían con su significado preciso. Pero quedaban 329 fuera del diccionario académico. 329 palabras a las que había que darles solución. ¡Tenía que dar con el significado de esa terminología rural tan desconocida, al menos, para la gente de ciudad que lee a Delibes!

Fueron muchos los fines de semana que pasé con mi mujer por los pueblos de Castilla y León. Hicimos previamente un mapa de los pueblos más frecuentados por el maestro en sus jornadas de caza y pesca y centramos allí nuestras investigaciones. Quintanilla de Onésimo, Peñafiel, Villafuerte, Castrillo Tejeriego… Pueblo a pueblo, casi casa por casa, fuimos preguntando a los mayores del lugar por esas palabras que muchas veces nombraban objetos ya en desuso.

Volvimos, pasados unos meses, con 301 palabras bien definidas. Pero nos faltaban 28. No quedaba solucionado el discurso popular-rural de Miguel Delibes.

Decidí entonces escribir al maestro y preguntarle por esas últimas palabras. Despacio, a base de sorbos pequeños, de seis en seis, a lo sumo ocho, le fui mandando esas voces tan rurales. El maestro, siempre muy atento, me respondió una a una a todas mis dudas. ¡No hubo ni una sola palabra que el maestro hubiera olvidado! Fueron llegando a mi casa las sucesivas cartas con el significado de las 28 palabras que faltaban e incluso con alguna otra que le pregunté.

Al concluir mi Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes (2006) estaba ofreciendo a los lectores y admiradores del maestro, no sólo la solución a tanto vocablo rural extraño para muchos, sino el tesoro de contar con ¡46 palabras! Definidas por el propio autor.

En este mes de abril de 2010 el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua volverá a reeditar este diccionario de voces rurales en el que late lo que un día fue una parte muy importante de mi relación con Miguel Delibes.

Mis flores ante su tumba son tres: El Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes , el Diccionario de expresiones populares en la narrativa de Miguel Delibes y el manual de redacción Aprende a redactar con Miguel Delibes de Ediciones Cinca, que va a estar desde la semana de Pascua en las librerías.

Maestro: Tú elevaste el español muy alto. Ahora nos toca a los demás continuar tu labor de ensalzarlo si seguimos tu ejemplo.

 

Jorge Urdiales
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Muere Miguel Delibes a los 89 años


Documento propiedad de rtve


A vueltas con Miguel Delibes

La baribañuela

  Miércoles, 9 de diciembe de 2009

Tengo para mí que Delibes también es amante de los localismos, aunque en El último coto nos eche la pelota a los demás:

Desconozco la razón por la que en estos pagos de La Lora llaman baribañuela al alimoche, pero es un apelativo más suave, más poético, más musical, siquiera case mal con el aspecto carroñero del bicho. Pero ahí está el nombre: baribañuela para los amantes de localismos y dialectólogos . (El último coto, p. 193).

Decir “baribañuela” es lo mismo que decir “alimoche”. El primero, más local, no aparece en el diccionario de la RAE. El segundo sí.

En el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes , que publiqué en 2006, recogía las 329 voces rurales que emplea Delibes en su narrativa y que, salvo alguna excepción, no constan en el DRAE. Si sumamos también los términos rurales que sí trae el diccionario académico con su significado preciso, el número total de palabras se acerca a las 1.500. Pero, ateniéndonos a las 329 antes reseñadas, gran parte de ellas son localismos (que son las que hoy nos interesan). Los localismos son palabras que se emplean en una provincia, una comarca o simplemente unos cuantos pueblos. El localismo es palabra que generalmente enriquece el idioma. Le da vigor y precisión.

El localismo tiende a ser rural y popular. Tiende a ser propiedad del pueblo, entendiendo en este caso la palabra “pueblo” como el conjunto de hablantes que emplean esa palabra.

El que escribe este artículo tuvo que recorrerse muchos pueblos ya antes frecuentados por Delibes buscando el significado de los localismos que emplea el maestro en sus obras. Algunos de ellos ya solucionados antes de los primeros viajes como en el caso de la baribañuela. El maestro daba la solución en uno de sus libros. Para los demás no quedaba otro remedio que adentrarse en el páramo, en los acotados, atravesar los barcos y rebarcos de los valles de Castilla y entrar en las casas de los pueblos que se calientan desde la mañana con la gloria.

Palabra a palabra, localismo a localismo, desbrocé el lenguaje rural de la narrativa de Miguel Delibes con la ayuda de una legión de viejos castellanos que supieron dar con el significado preciso de cada uno. Gente sabia que seguía empleando la mayoría de las palabras consultadas. Pero no terminó ahí mi investigación. Todavía quedaban 46 voces en una especie de neblina propia del mes de enero cuando salen los galgueros a por liebres. Entonces acudí al maestro, a la fuente verdadera. Y Delibes no había olvidado ni una sola de ellas pese al transcurso del tiempo. Los años, en este caso, habían pasado en balde porque Delibes tenía la misma sabiduría rural que hace décadas. Ahí están, en mi web ( www.jorgeurdiales.com ), las cartas del maestro que justifican lo que digo.

No sé si la palabra “baribañuela” se emplea más que antes. Quizá menos. De lo que sí que estoy seguro es de que Delibes ha sabido adaptar los localismos propios de Castilla a sus libros. Si en verdad ha acertado a pintar Castilla es porque ha sabido dar sentido a sus localismos en sus novelas.

 

Jorge Urdiales
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A vueltas con Miguel Delibes

El bardo

  Martes, 24 de octubre de 2009

“Si a un conejo le ciegas el bardo, a morir; ya se sabe”. (Las ratas p. 82)

El bardo, en el diccionario de la RAE, viene referido a los conejos en la quinta acepción, después de bardo como poeta y bardo como sinónimo de barro y vallado de leña.

En el diccionario personal de Miguel Delibes aparecería en primer lugar. Dice el DRAE que el bardo es vivar de conejos, especialmente el que tiene varias bocas y está cubierto de maleza.

Lo explica mejor Miguel Delibes en la página 116 de El último coto (recordemos que Delibes es académico de la Lengua desde 1975, ocupando el sillón “e” minúscula):

Esto del bardo es fundamental para que el conejo se multiplique y se aquerencie a un determinado lugar. Armar un bardo era una vieja ciencia que ningún conejero de mi tiempo desconocía. Yo recuerdo los bardos del monte de Valdés, en La Mudarra , como auténticas obras de arte. Porque el bardo no es un simple vivar (un trozo de suelo minado, con bocas y galerías comunicadas) sino un vivar cubierto de leña –ramas secas de encina- de forma aproximadamente circular, con un diámetro de ocho o diez metros. La cobertura de leña, invita al gazapo a abrir nuevas huras, de forma que el bardo se transforma en poco tiempo en un aduar, un auténtico poblado, y, teniendo comida cerca, en un vivero de conejos inagotable. La mixomatosis acabó con los bardos y con la costumbre de hacerlos, puesto que el hacinamiento facilitaba la propagación de la enfermedad. Pero hoy, que la peste causa una menor morbilidad conviene volver a ensayar estas colmenas conejudas. Todo, naturalmente, a reserva de lo que diga la neumonía hemorrágica que ahora tiene la palabra.

Esta precisa definición nos la puede ofrecer Delibes después de haber cazado un domingo tras otro por los campos de España. Delibes, gran observador, está atento a los movimientos y costumbres de la Naturaleza. No sólo busca la pieza sin más, en este caso el conejo. A Delibes le interesa su circunstancia: cómo vive, cómo cazarlo…

Para Delibes, el campo es mucho más que una buena percha después de una jornada dominguera de caza.

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Acorrillar

Martes, 15 de septiembre de 2009

Miguel Delibes es un autor difícil para las nuevas generaciones. Y sin embargo, su estilo es sencillo. Su pluma discurre fluida a través de los folios. Por tanto, ¿dónde está la dificultad para un chico de catorce años que comienza a leer El camino ?

El famoso discurso popular-rural de Miguel Delibes se compone de cerca de 1.500 palabras y de 1.130 expresiones que aparecen diseminadas por toda su narrativa. Lo he comprobado página a página leyéndome sus obras. Algunos conocerán mis diccionarios sobre las palabras y expresiones populares de la narrativa delibesiana. Delibes recoge y muestra como nadie el modo de ser, de vivir y de hablar del mundo rural español, y preferentemente castellano, a través de su narrativa.

En Madrid capital, sería casi imposible encontrar a alguien de 14 años que entendiera este texto del Diario de un cazador:

 

El campo estaba hermoso y junto al puesto había una pradera cuajada de chiribitas y tréboles bravíos. A mano izquierda andaban acorrillando un majuelo. Ya en el tollo con la hembra a diez pasos dando el coreché se me olvidaron todas las cosas. Entró un macho y me lo cepillé.

Demasiada ruralidad en el texto. Pero, ¡ojo! Si diéramos a leer a un anciano de un pueblo cualquiera de Castilla y León las instrucciones de un juego de la PSP, estaría tan perdido como el chaval de la ciudad. La dificultad, en los actos de comunicación, no es sólo por ser de pueblo o de ciudad, también es generacional.

De entre las palabras del texto delibiano anterior, nos vamos a fijar en el verbo “acorrillar”. “Acorrillar” es arrimar tierra alrededor de la cepa para protegerla, que con acierto nos define el Diccionario del Castellano Tradicional.

He visto acorrillar en la p. 129 de Castilla habla… a tres kilómetros de Íscar, divisa el cronista a Eleuterio Cabrero, más conocido por el cariñoso apelativo de Tello Totorro, arqueado sobre el arado, azuzando un viejo macho, acorrillando un majuelo.

Cuando se acorrilla, se acerca la cepa para que conserve la humedad. Lo primero que haremos será limpiar el perímetro de la cepa de malas hierbas. Pasadas algunas semanas, arrimaremos la tierra.

Acorrillar se sigue acorrillando y se sigue haciendo en primavera.

Acorrillar es una de esas palabras que no debería perderse, pues tampoco se ha perdido la acción que nombra.

Es comprensible que se vayan perdiendo términos que nombran objetos que ya no existen, pero nuestro lenguaje tenderá a enriquecerse en la medida en que sigamos las palabras precisas en cada momento.

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A vueltas con Miguel Delibes

Las aguarradillas

Sábado, 13 de junio de 2009

(...) no vendría mal otra aguarradilla abrileña que volviera a recordar a los peces que andamos en primavera, y que su obligación secular a media tarde, en este tiempo, es despegarse del cascajo del fondo y emerger de vez en cuando a la superficie a paladear mosquitos. ( Mis amigas las truchas p. 101)

¡Cuántas aguarradillas no habrán caído sobre los hombros y la cabeza de Miguel Delibes!

Las aguarradillas, como el cuco, son propias del mes de abril: “Abril, abriluco, el mes del cuco”; “aguarradillas de abril, uns ir y otras venir”.

Las aguarradillas habrán sorprendido al cazador Delibes a la vuelta de cualquier teso, junto a un ribazo, atravesando un majuelo… El cazador Delibes se habrá visto sorprendido por las aguarradillas en las laderas de Villafuerte, en los páramos de Quintanilla de Onésimo o en la vega de La Sinova.

Al pescador Delibes le habrá sucedido otro tanto. El texto que iniciaba este artículo está sacado del libro que lleva por título Mis amigas las truchas , único de los del maestro dedicado a la pesca.

También empapan las aguarradillas El último coto en la página 144 cuando leemos:

San Isidro se ha mostrado piadoso este año y ha enviado en mayo las aguarradillas de abril ,

Hasta en una obra más urbana como Diario de un jubilado :

Hoy cayeron cuatro gotas, las primeras aguarradillas.

Las aguarradillas son esa l luvia fina que cae y deja de caer de modo irregular. Estas aguas casi no llegan al suelo. Se emplea esta palabra preferentemente en el mes de abril ."Las aguarradillas de abril, unas ir y otras venir"."Las aguarradillas de abril caben en un barril". En la zona de Ojeda, en Palencia, se les llama “aguarrerillas”.

En el Diccionario del castellano tradicional se dan como sinónimos de las aguarradillas aguarrada, chaparrada, chaparrón, champlazo.

Nuevamente se pone de manifiesto la riqueza del lenguaje rural que emplea con maestría Miguel Delibes y así la lluvia de las capitales es una cosa y las aguarradillas, la niebla meona, el pedrisco o el relente de los pueblos, otra.

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Los arados

Lunes, 30 de abril de 2009  

Delibes es un hombre de campo pero no es un labrador. Escucha a las gentes de los pueblos, les copia un giro, un latiguillo, una palabra…Pega la hebra con ellos.

Cuando leo que Delibes diferencia en sus libros el arado romano, del arado terciado y del arado viñero, me reitero en mi teoría de que el maestro es un grandísimo observador. Si diferencia estos tres tipos de arados es porque se ha pateado muchos pueblos.

Leemos en Viejas historias de Castilla la Vieja p. 28:

(...) y nadie podía imaginar cómo con una huebra y un arado romano corriente y moliente se consiguiera aquel prodigio .

Este apero de labranza que sirve para labrar la tierra e ir abriendo surcos en ella, es quizás el instrumento que mejor simboliza todo un modo de vida de los pueblos de España que hace ya unas décadas desapareció.

En Castilla habla, libro de 1986, escribe Delibes en la página 169:

No el arado viñero, que ése entra en cualquier parte, pero tampoco el grande, es decir, un arado terciado (...)

Estas dos palabras, arado y terciado, no se emplean nunca juntas por los pueblos que más ha frecuentado Delibes, al Este de Valladolid. El arado es siempre el mismo, ya sea en viñas o en terrenos de cereal. Terciar es labrar por tercera vez un terreno de barbecho. Suele hacerse en los meses de mayo-junio. Las dos primeras veces se denominan alzar (noviembre) y binar (febrero-marzo).

El arado viñero –que aparece también en el texto anterior- es el arado al que se le pone solamente un animal de tiro para que quepa por las viñas. El arado viñero es más pequeño que el de vertedera.

El arado de vertedera no aparece en las obras de Delibes con ese nombre. Delibes, que ha cazado y pescado en unas zonas más que en otras, recoge un léxico rural que suele ser común en amplias zonas de Castilla y León. Pero, indudablemente es un léxico más conocido en los pueblos de Valladolid más frecuentados por Delibes que en los pueblos del Bierzo (por poner un ejemplo) que tienen otras denominaciones para estas cosas. Así escuchó Delibes estas palabras con este sentido y así las ha dejado escritas en sus novelas.

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Amonarse

Lunes, 16 de marzo de 2009  

A las palabras se las puede llegar a coger cariño. La piedralipe , las pernalas , el verbo apiolar , las aguarradillas , el amonarse una liebre. Al igual que hay gente que le habla a sus geranios, yo siento predilección por algunas de las voces del discurso popular-rural de Miguel Delibes.

Me gusta el verbo apiolar por lo que significa, por ese correr de la perdiz y sus polllos a ras de tierra. Disfruto explicando en mis conferencias lo que es una pernala , porque la saco por unos minutos de un olvido casi absoluto. Las pernalas , desaparecidas en el campo español e innombradas en los salones y bodegas de algunas casas españolas que las conservan incrustadas en el trillo, vuelven a sentirse queridas cuando las cito y vuelven a soñar con aquellas largas jornadas de trilla y bieldo en las eras de los pueblos de España.

Me sucede otro tanto con el verbo amonarse , que es reflexivo. Disfruto con él, suena bien a mis oídos.

El diccionario académico nos dirá que es un verbo coloquial, sinónimo de embriagarse . A amonarse en Salamanca se le da la acepción de “matar” y “dejar como muerto” (SÁNCHEZ LEÓN, Cándido. Palabras y expresiones usadas en la provincia de Salamanca . Salamanca, 1995).

Amonarse para Miguel Delibes, para los cazadores y para las gentes del campo en general es echarse, arrugarse, agazaparse para no ser visto. Delibes lo emplea fundamentalmente para ciertos animales como la perdiz, la liebre o el conejo. Es frecuente encontrarse con este verbo en la narrativa delibiana. Liebres amonadas aparecen en Las ratas:

 

Junto al abuelo Román, el Nini aprendió a conocer las liebres; aprendió que la liebre levanta larga o se amona entre los terrones; que en los días de lluvia rehuye las cepas y los pimpollos;

También en Con la escopeta al hombro , libro de 1970:

La rabona busca su salvación levantando larga o amonándose. Diría igual del conejo encamado. El gazapete suele ser muy remiso y rara vez se arranca si uno no pisa el carrasco donde yace.

Se amona también la perdiz, uno de los animales más queridos por el maestro, en El libro de la caza menor:

Su mimetismo es tan prodigioso que nada la delata. Todo ese abigarrado plumaje que admiramos en casa, se esfuma en el campo. La perdiz se hace monte con suma facilidad. Y si la perdiz se amona , ya puede usted repartir patadas un día entero.

Sucede en Viejas historias de Castilla la Vieja , libro de 1964, o en Las perdices del domingo , de 1981. Miguel Delibes llega a emplear este verbo cuando se refiere a una persona:

Así que me amoné como un conejo hasta que las voces se alejaron,

(Las guerras de nuestros antepasados, p. 270).

Se dice de Delibes que es un cazador que escribe. Es cierto. Delibes sabe cazar y sabe redactar. Conoce el lenguaje cinegético y lo emplea con maestría, en todas sus posibilidades. Acabamos de leer cómo adapta el verbo amonar para las perdices, las liebres, los conejos y hasta para las personas.

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El aguanieves

 

“Pesas menos que un aguanieves”, le oí a mi tía Chelo hace unos años refiriéndose a mí.

Y es que el aguanieves es un pájaro parecido a la urraca que pesa muy poco. El aguanieves es conocida también como avefría o quincineta. Incluso el Diccionario del Castellano Tradicional aporta otros sinónimos: alavandera, aguzanieves, andarríos, lindabuey, pechiblanca, arroyera… El idioma no deja de ser un mosaico en el que cada provincia, cada comarca, cada pueblo aporta sus pequeñas piezas idiomáticas que dan la solidez de conjunto de la Lengua.

El aguanieves ha sido vista, cazada y escrita por Miguel Delibes. Es uno de los pájaros que dan sentido al paisaje de Castilla y León. Así escribe el maestro:

 

De chico, hace treinta y muchos años, recuerdo haber tirado con frecuencia a los aguanieves desde un renqueante Chevrolet al que por su color llamábamos El Cafetín. En Castilla, a falta de las praderas húmedas de que tanto gusta, la avefría asentaba en las cunetas o en los perdidos pantanosos contiguos a los carrascales y, en los años de abundancia, no rehuía las labores encharcadas.

(...)

Nunca olvidaré la primera que abatí en un aguazal en los bajos de La Sinova, mi impaciencia por cobrarla y el susto que me llevé al ver colgando de su pico una lengua descomunal.

      Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 58.

 

También sobrevuelan las avefrías o aguanieves libros como Diario de un emigrante, Las perdices del domingo, Pegar la hebra o El último coto.

Delibes cazó su primer aguanieves o avefría en un aguazal en los bajos de la Sinova. Al ir a cobrarla se quedó sorprendido de la descomunal lengua que tienen estas aves.

No ha sido ni la primera ni la última vez que Delibes se ha acercado a cazar a la Sinova. Desde Valladolid ahora se tarda media hora. Cuando Delibes cobró su primera avefría no se necesitaba mucho más tiempo. La Sinova está a 4,6 km de Castrillo, según los mapas e informaciones de Internet. En los planos parece que esa cifra es exacta. De todas las maneras, quizá para los de Castrillo, la Sinova es el lugar de caza más próximo. Para llegar a la Sinova desde Valladolid se cogerá la carretera de Renedo o la de Soria hasta Villabáñez, y desde allí, atravesando Villavaquerín, se llegará a la vega de la Sinova.

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Aborrascarse la mirada

martes, 27 de enero de 2009

 

Lo mismo que en el amplísimo horizonte castellano el contraste entre un día apacible y otro tormentoso es muy notable, el semblante y la mirada de una persona tranquila se altera más o menos ante una situación nueva de dolor o alegría. La borrasca, en el lenguaje popular es aún mayor y sobre todo dura más que la tormenta. Aborrascarse la mirada es por ello muy particularmente expresivo por su propio significado de experiencia vivida y expresada en el contacto con una naturaleza excesiva y cambiante.

Por otra parte esta expresión, aborrascarse la mirada, se relaciona directamente con otra, también muy popular: la mirada es el espejo del alma. Pues si el ánimo o el alma está serena la mirada será benigna y apacible, pero si el ánimo está muy alterado ¿qué tiene de extraño que se "aborrasque la mirada"?

Leo en la página 107 de Los santos inocentes:

(...) y, en la mesa, todos a reír indulgentemente,
paternalmente, menos René, a quien se le había
aborrascado la mirada, y no dijo esta boca es mía,

René, a la que se le ha aborrascado la mirada, no emite sonido alguno, no está para fiestas.

Si buscamos esta borrasca de René en el Diccionario de la RAE, se nos dirá que "aborrascarse" es un verbo pronominal que, dicho del tiempo, significa ponerse borrascoso.

Lo mismo le sucede al Diccionario de Uso del Español: "Ponerse tempestuoso el tiempo".

El Diccionario General de la Lengua Castellana amplía esta definición al referirse también a las personas: r. Ponerse el tiempo borrascoso. met. Alterarse, conmoverse con violencia. fam. Embriagarse.
Pero el Diccionario del Castellano Tradicional vuelve a reducir su definición a la cuestión meteorológica: v.pron. Ponerse borrascoso el tiempo.

Que se le aborrasque a alguien la mirada es algo, pues, cotidiano entre las gentes del campo y las que no lo son tanto, en niños y viejos o entre gentes sabias y otras menos instruidas.

Aplicar este fenómeno meteorológico, el de la borrasca, al gesto de una persona, es un nuevo acierto de Miguel Delibes en el devenir de su discurso popular-rural.

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El aseladero

martes, 13 de enero de 2009

 

El Azarías (...) rascaba la gallinaza de los aseladeros y, al concluir, pues a regar los geranios y el sauce y a adecentar el tabuco (...)

(Los santos inocentes, p. 11).


Aseladero, aseladero… ¡Son más de 300 las palabras empleadas por Miguel Delibes en sus libros que no aparecen en el Diccionario de la Real Academia Española!

No es una queja lo que acabo de escribir. Es simplemente una realidad, que de hecho es así. Cuando los académicos elaboran, modifican, amplían o reducen el Diccionario, no es su propósito incluir en el mismo todas las palabras que empleamos los hablantes. Hay muchos y variados ejemplos de localismos, vulgarismos, tecnicismos, etc., que se quedan fuera del diccionario de diccionarios y que se recopilan en otros más especializados.

Para estos tres centenares de voces empleadas por Delibes en su narrativa, publiqué en 2006 el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes. En él, doy el significado de todas estas palabras populares-rurales, ya sea después de una exhaustiva investigación por los pueblos castellano-leoneses o a través de los significados que me aportó el propio Delibes de su puño y letra y que se pueden ver en mi web:
www.jorgeurdiales.com. Además, aporto el contexto, la página y el libro en el que se encuentra la palabra que es objeto de estudio.

Aseladero es la palabra que he elegido para escribir este primer artículo y que se puede encontrar leyendo Los santos inocentes.

Rasca el Azarías los aseladeros en la página 11 y también en la 19 y en la 44 del libro.

El Diccionario de la RAE nos dice que un aseladero es el sitio en el que se aselan las gallinas.

El Diccionario Ilustrado de la Lengua Española define "aselarse" como acomodarse las aves domésticas para dormir.

En mi Diccionario del castellano rural… afirmo que un aseladero es un palo que sirve de acostadero para las gallinas. Durante el día el aseladero quizá permanece pegado a la pared sujeto por unas cuerdecitas (son pocos los gallineros que tienen el aseladero en medio de la estancia, pero los hay. Incluso algunos fijos, de pared a pared). Al llegar la noche se baja para que se acuesten las gallinas. Se limpia con una azuela (especie de espátula) rascando los excrementos ya secos. A dichos excrementos se les llama "gallinaza" y son un excelente abono. Corre un dicho por la provincia de Valladolid: "Tienes más mierda que el palo de un gallinero".

Comienzo pues esta serie de artículos dedicados al lenguaje popular-rural de Miguel Delibes con una palabra muy conocida en los pueblos de Castilla y León: el aseladero. Casi podríamos decir que, antiguamente, no se conocía un gallinero sin aseladero. Delibes, el maestro, que escribe de oído y pega la hebra con las gentes del pueblo, da con el término preciso y llama aseladero a este palo tan cotidiano en otros tiempos en los gallineros de los pueblos de España.

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